septiembre 26, 2017

Abdel Fattah Al-Sisi, entre la pared y la espada

AJN.- (Por Roxana Levinson, desde Israel) La Justicia egipcia anuló el acuerdo de transferencia de las islas Tirán y Sanafir, firmado por el presidente con Arabia Saudita, su antiguo benefactor. El pueblo, que salió a las calles a protestar – también por el involucramiento de Israel – festejó con euforia el fallo, que pone al presidente en serios aprietos.

La reacción del público en el Tribunal Supremo Administrativo de Egipto sonó como un grito de gol en un estadio de fútbol y hasta hubo quienes entonaron el himno nacional. Es que la Corte decidió anular el acuerdo por el cual Egipto le cedería a Arabia Saudita dos islas en el Mar Rojo – Tirán y Sanafir – ya que, según el presidente Abdel Fattah Al-Sisi, éstas pertenecen por derecho a los sauditas.

La decisión de la Corte – que es definitiva e inapelable – indica que el Gobierno no presentó “ningún documento” que pruebe que la soberanía de las islas no es egipcia. Después de firmar el acuerdo con Arabia Saudita para entregar las islas, Al-Sisi explicó que el fundador de Arabia Saudita, Abdelaziz bin Saúd, pidió a Egipto que protegiera ese territorio, ya que en ese momento su país no contaba con una fuerza naval.

Después que se conociera la noticia de la cesión hecha por el presidente, los ciudadanos egipcios salieron a las calles a protestar por la decisión del Gobierno. Fueron las protestas más numerosas e intensas desde que la Plaza Tahrir impulsara la caída de dos gobiernos. La policía reprimió a los manifestantes y hubo una ola de arrestos, pero la inconformidad permaneció latente. Las protestas fueron tomando mayor impulso a medida que se acercaba la fecha de la resolución del Tribunal Supremo.

Tirán y Sanafir se encuentran en la entrada del Golfo de Aqaba, por donde se llega al puerto israelí de Eilat y que constituye la única salida que Israel tiene en el Océano Índico. El cierre del Estrecho de Tirán fue “casus belli”, uno de los móviles de la Guerra de los Seis Días, en 1967.

La faceta israelí del enojo egipcio

El presidente Al Sisi está en problemas. Por un lado, asumió un compromiso frente al implacable reino de Arabia Saudita que ahora no puede cumplir, por otro, su cumplimiento podría costarle su propia permanencia en el gobierno.

En las últimas semanas, el presidente intentó quitarle el tema al sistema judicial y pasárselo al Parlamento – donde tiene la mayoría asegurada – argumentando que los tratados internacionales deben ser aprobados por el Poder Legislativo. Pero la maniobra no funcionó. Movimientos de protesta, periodistas y ex altos cargos del Gobierno anunciaron que no importa lo que el Parlamento decida, debido a que estas islas están bajo soberanía egipcia, y cualquier renuncia de ellas es renunciar a la soberanía, ésta es una medida que requiere un referéndum.

En un ambiente de crecientes dificultades económicas, censura y problemas de seguridad, la cuestión de las islas podría ser la famosa “gota que colmó el vaso”.

Para colmo, la semana pasada fueron publicados informes detallados en medios de comunicación egipcios y árabes sobre las circunstancias de la firma del acuerdo, que indican entre otras cosas que Arabia Saudí a no colocar tropas en las islas, y respetar así el Acuerdo de Camp David firmado entre Anwar el-Sadat y Menajem Beguin en 1978.  La prensa egipcia difundió la vasta correspondencia entre El Cairo y Jerusalem al respecto, incluyendo mapas y la definición de cuestiones de seguridad, haciendo hincapié en el hecho de que Egipto aceptó todas las demandas de Israel, entre ellas el compromiso escrito de Arabia Saudita de que preservará el statu quo en las islas.

Israel declaró que no considera la cesión de las islas decidida por Al Sisi una violación del Acuerdo de Camp David y se comprometió a no intervenir en el proceso.

La espada de Damocles de Arabia Saudita

Las relaciones entre Egipto y Arabia Saudita están bien lejos de pasar por su mejor momento, y no sólo por la cuestión de las islas.  Egipto recibió muchos miles de millones en ayuda y un contrato de suministro de petróleo durante cinco años a precio preferencial y en préstamo de quince años. Arabia Saudita creyó que ese dinero era un pacto de compromiso mutuo.

Cuando, en octubre pasado, se sometió a votación en el Consejo de Seguridad una resolución relacionada con Siria, Egipto votó a favor de la propuesta rusa – lo cual significa el apoyo a la posición de Irán – mientras Arabia Saudita trabaja febrilmente para reducir su influencia en la región.

El reino saudita no se conformó con comentar que “la actitud de Egipto fue dolorosa”, sino que poco después la compañía petrolera Aramco, anunció que suspende el envío de productos derivados del petróleo a Egipto hasta nuevo aviso. Para Egipto esto significa un golpe fatal, sobre todo cuando las reservas con que cuenta actualmente son suficientes para dos meses.

El presidente Al-Sisi firmó un acuerdo para el suministro de un millón de barriles de petróleo al mes con Irak, una cantidad relativamente pequeña del consumo egipcio, que no alcanza para resolver ninguno de sus problemas. En el país ya se siente la escasez de petróleo, la tarifa del servicio eléctrico aumentó, y el petróleo comprado a otro país sin las condiciones especiales que le daba Arabia Saudita hace caer el tipo de cambio de la libra egipcia, que de todos modos ya estaba cayendo desde hace meses.

Volviendo a las islas, queda claro que Arabia Saudita no tiene intención de renunciar a ellas, no sólo por una cuestión de soberanía, sino también a causa de la humillación que siguió a los festejos de la firma del acuerdo sobre la transferencia, que resultó ser prematura.

En otras épocas, los presidentes egipcios podían firmar acuerdos como éste sin que el pueblo se enterase o se atreviera a salir a las calles. Pero la Primavera Árabe, incluso si no produjo resultados políticos impactantes, dio al pueblo un rol activo y decisivo que nunca antes había tenido, como quien puede conceder o quitar legitimidad a un régimen.

Por tanto, el presidente egipcio deberá tomar – muy pronto – una decisión que lo saque de este laberinto. Las consecuencias de un desplante a Arabia Saudita pueden ser nefastas, aún más. Al mismo tiempo, un nuevo intento de pasar por alto la decisión de la justicia y la voluntad popular podría volver a despertar en el pueblo el sueño de cambio, progreso y libertad, y para el presidente Abdel Fattah Al-Sisi la pesadilla de la Plaza Tahrir.

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