June 25, 2017

Argentina/Desaparecidos. Abraham Kaul: “Hoy podemos decir que algunas instituciones han empezado a hacer una autocrítica”

AJN.- Durante la presidencia de Abraham Kaul se llevó a cabo, en diciembre de 2004, el primer acto público en homenaje a las 1.900 víctimas judías del terrorismo de Estado de la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983. Durante el mismo se colocó una obra de arte que los recuerda, en la plaza seca del edificio de Pasteur 633. “El concepto de respetar la vida es el más sagrado de todos. No hay límite cuando se comienza por la muerte, hay que frenarlo. Y la memoria es un mecanismo permanente para recordar que por sobre la muerte está la vida”, señaló.

  • por Victoria
  • 23 Marzo, 2016
  • Argentina
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Durante la presidencia de Abraham Kaul, la AMIA llevó a cabo, en diciembre de 2004, el primer acto público en homenaje a los 1.900 detenidos desaparecidos judíos, víctimas del terrorismo de Estado de la dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983.

Durante el mismo se colocó una obra de arte que los recuerda, en la plaza seca del edificio de Pasteur 633.

Desde entonces, la AMIA realiza anualmente este evento, en el cual brindan su testimonio sobrevivientes y familiares de víctimas.

Ayer, martes, Kaul transmitió su testimonio personal en la presentación del sitio de Internet Eduiot-Testimonio de Vida, un trabajo que la AMIA efectuó con alumnos adolescentes de la Red Escolar Judía y la Asociación de Familiares de Desaparecidos Judíos para preservar la memoria de las víctimas de la última dictadura militar, en la semana del 40° aniversario del golpe militar del 24 de marzo de 1976, que derrocó al gobierno constitucional.

“Es la primera vez que estoy emocionado. He dado cientos de discursos en el país y el exterior, pero es la primera vez que voy a hablar sobre el tema de los desaparecidos.

Es cierto que cuando estaba al frente de la AMIA llevamos adelante este proyecto (por el homenaje a los detenidos desaparecidos judíos). Nos costó mucho trabajo: llevó más de un año convencer a los distintos factores de la AMIA de reconocer que dentro de este semigenocidio ocurrido en la Argentina, un porcentaje tan alto hayan sido judíos, que la comunidad como tal no les brindó el homenaje que correspondía y que (la intención) no era buscar el reproche por lo que no se hizo, sino recuperar una parte de la historia.

Fui moré y ahora les hablo a ustedes, alumnos de las escuelas judías:

Quiero dar mi testimonio. Juro decir la verdad, solo la verdad y nada más que la verdad.

Cuando tenía tu edad, era miembro de un movimiento juvenil sionista socialista, Dror.

Siempre pensé, y lo sigo pensando, que el pueblo judío tiene derecho a tener un Estado, a vivir plenamente como todos los demás, como sé profundamente que de haber existido un Estado de Israel, la Shoá no hubiese ocurrido. El derecho del pueblo judío es tener un Estado de Israel.

Pero también fui educado en las fuentes de la Biblia, de los profetas, de Amós, de la lucha contra la injusticia, inspirado en lo que en el Estado de Israel es el movimiento kibutziano. El kibutz te dice: ‘cada uno da de acuerdo a sus posibilidades y recibe de acuerdo a sus necesidades’.

Los jóvenes que estábamos compartiendo esta ideología y esta militancia tomamos caminos distintos: muchos de mis compañeros hicieron aliá y hoy viven en distintos kibutzim en Israel, y otros entendieron que la realidad nacional exigía un compromiso mayor.

Soy de los que piensan que los derechos humanos no son solo a la vida, la libertad y la opinión. Es el derecho a tener un trabajo, salud, vivienda. Esos también son derechos humanos, y cuando una sociedad no les brinda esos elementos a sus ciudadanos, genera violencia.

Cuando estuve en la presidencia de la AMIA me reuní con Shimón Peres, que en ese momento era ex primer ministro, y dentro de los temas que tenía estaba la educación. Le pregunté cómo se resolvía el conflicto israelo-palestino y por supuesto que me planteó la necesidad del reconocimiento de que los judíos podamos vivir en un país y los palestinos tengan su territorio, pero también me dijo: ‘para solucionar este problema es muy importante que los ayudemos a cambiar su situación económica’. La pobreza no ayuda a la resolución del conflicto: los seres humanos necesitan tener un nivel de vida similar, donde la brecha no sea tan grande.

Muchos compañeros míos están desaparecidos.

En mi caso no pude aceptar los conceptos de la lucha armada, ni el derramamiento de sangre. Cuando tenía 22 años, el 20 de junio de 1973, fui con la Juventud Peronista a Ezeiza a recibir a (Juan Domingo) Perón. Pensábamos que iba a pacificar el país, que su liderazgo -después de tantos años en el exilio- iba a traer un cambio a la realidad argentina.

Era un poco más grande que ustedes. Pensé que las sabía todas… nada sabía.

No sabía que la columna de adelante iba con un camión con armas, ni que (estaban armados) quienes estaban en el puente antes de llegar a Ezeiza. Cada vez que tengo que ir por mi trabajo es un trauma recordar que en ese lugar hubo por lo menos 300 heridos. Había balazos por todos lados y yo estaba cuerpo a tierra, en medio de barro, y me decía: ‘¿qué carajo estoy haciendo acá, si comparto la filosofía de la vida, no la de la muerte?’. Ése fue mi último momento de participar en algo que tuviera que ver con ese accionar.

No era fácil llevar este mensaje para aquellos que tenían un deseo y una educación producto de lo que enseñábamos en las escuelas judías y los movimientos juveniles, ni que cuando llegó el momento terrible de la locura, el secuestro, el asesinato y el genocidio, a alguien lo torturaran el doble por ser judío, comunista, esto o lo otro y te pusieran discursos de (el genocida nazi Adolf) Hitler; es decir, esta sensación es la que no pude tolerar durante años: que hubiera silencio (al respecto en la comunidad judía), y eso se pagó…

Masada fue la última fortificación judía que cayó en manos de los romanos y muchos dicen que el pueblo israelí vive permanentemente bajo el ‘síndrome de Masada’, la sensación de que van a ser aniquilados. La comunidad judeoargentina también vivía con el síndrome de que permanentemente íbamos a ser perseguidos y rechazados.

Muchos dirigentes no supieron cómo manejar esta situación, y lo he pensado después, cuando me tocó asumir la responsabilidad. Me dije: ‘¿tengo derecho a juzgar qué hicieron o dejaron de hacer otros?’. Lo real es que se hizo poco y que puertas que fueron cerradas debieron haber estado abiertas, pero les digo la verdad: no sé cómo habría actuado en la misma situación, pensando que tenés una comunidad judía detrás, en la que tenés que pensar y velar por su seguridad.

Hoy podemos decir que algunas instituciones han empezado a hacer una autocrítica por lo realizado y lo no realizado, y que aún queda más por saber y decir. También el Estado de Israel tiene que hacer su revisión.

Hay ciudadanos que encontraron allí un refugio, y luego, su hogar. Hubo políticas oficiales que fueron criticadas, pero lo poco que se conoce es sobre los shlijim, los enviados a la Argentina, de lo cual puedo dar testimonio.

Trabajaron en Córdoba, Rosario y Buenos Aires para tratar de salvar a jóvenes judíos, quienes pudieron encontrar en el Estado de Israel la vida y no la muerte.

De eso hay poco y creo que esta página que se abre en la AMIA debe continuar allí: buscar testimonios de aquellos que son sobrevivientes de esta masacre.

¿Por qué hay que recordar? Hay compañeros del Museo del Holocausto, sobrevivientes de la Shoá…

Yad Vashem es el museo cuya visita es obligatoria para todo aquel que llega al Estado de Israel, para conocer lo que fue la Shoá. Yad Vashem es ‘memoria de un nombre’, todos los desaparecidos tienen un nombre, pero (también el) yad es el brazo que te marca el lugar que tenés que mirar cuando se lee la Torá.

Esta página de Internet de la AMIA tiene que ser Yad, el lugar que indique adónde hay que venir a recuperar las historias. Creo que es muy importante el trabajo que realizó la AMIA y felicito a los profesionales -en su nombre digo a quienes más conozco: Batia (Nemirovsky, directora del Vaad Hajinuj) y Daniel Pomerantz (director ejecutivo)- por el esfuerzo que han realizado.

Felicito también a los dirigentes porque ésta es una conducción muy rara, mayoría de ortodoxos y minoría de laicos, y lograron ponerse de acuerdo en que había que llevar adelante este proyecto.

Acá está el doctor Marcos Weinstein (presidente de la Asociación de Familiares de Desaparecidos Judíos) y él sabe que cuando hicimos el acto aquí, en la AMIA, el gobierno no me dejó hablar porque, si no, el Presidente de la Nación (de entonces, Néstor) Kirchner no iba a venir…

Quería dejar mi testimonio: para mí, sin lugar a dudas, 30.000 desaparecidos es un genocidio.

En 1969 surgió un movimiento marxista en Italia que se llamaba las Brigadas Rojas. Asesinaron a un montón de políticos, militares, empresarios y su punto culminante, en 1978, fue el primer ministro, Aldo Moro. ¿Saben cómo los combatió el gobierno italiano y sus fuerzas de seguridad? Detuvieron a cientos de ellos y los llevaron a juicio y a la cárcel. No los tiraron al mar desde aviones, no los hicieron desaparecer…

En 1979, en Camboya, con la intención de convertir al régimen en marxista en muy poco tiempo, el dictador Pol Pot exterminó a la cuarta parte de la población. Dos millones de personas fueron asesinadas…

Por eso, el concepto de respetar la vida es el más sagrado de todos. No hay límite cuando se comienza por la muerte, hay que frenarlo. Y la memoria es un mecanismo permanente para recordar que por sobre la muerte está la vida. Gracias.”

EACh-CGG

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