Opinión

El divorcio. Por Marcos Peckel

AJN.- En el transcurso del día de hoy, la primera ministra británica, Theresa May, habrá radicado ante la Comisión Europea en Bruselas la carta en la cual invoca el artículo 50 del Tratado de Lisboa, dando comienzo al irreversible divorcio de Gran Bretaña y la Unión Europea, tras 45 años de matrimonio y nueve meses después de que el electorado británico se pronunciara por pequeña mayoría a favor de partir cobijas con el continente.

AJN.- En el transcurso del día de hoy, la primera ministra británica, Theresa May, habrá radicado ante la Comisión Europea en Bruselas la carta en la cual invoca el artículo 50 del Tratado de Lisboa, dando comienzo al irreversible divorcio de Gran Bretaña y la Unión Europea, tras 45 años de matrimonio y nueve meses después de que el electorado británico se pronunciara por pequeña mayoría a favor de partir cobijas con el continente.

El divorcio, como todos, será turbulento in extremis, con un sinfín de temas por tratar. Las movidas iniciales revelan posiciones diametralmente opuestas. Inglaterra querrá mantener la mayor cantidad de beneficios posibles, comerciales y financieros, haciendo un mínimo de concesiones, especialmente en lo referente a la libre circulación de trabajadores, uno de los pilares de la UE. Europa, por su lado, si es que se puede aún hablar de Europa como un todo, querrá cobrarles a los ingleses su infidelidad, entre otras para evitar que otros sigan por ese camino “pensando que es fácil”. El divorcio final debe quedar consumado en marzo de 2019, tras dos años de negociaciones, y sólo entonces se disipará la espesa niebla que cubre el inédito proceso de un país abandonando la Unión.

La checklist de la negociación es infinita y toca tanto los derechos de millones de seres humanos (británicos en Europa, europeos en Gran Bretaña) como el intercambio de productos y servicios, deudas, regulaciones ambientales, aduanas, telecomunicaciones, justicia, fronteras, seguridad y otros. Existe la posibilidad de que tras las intrincadas negociaciones que se avecinan no se perfeccionen acuerdos en varios de los temas de la agenda. Para un comercio bilateral que excede los 500.000 millones de euros al año, cambiar las reglas hacia lo desconocido puede tener consecuencias funestas.

Por ahora todo es especulación, y tanto británicos como europeos mantienen sus cartas de negociación bien tapadas. Se trata de un ajedrez multidimensional, un toma y dame en el que para cada propuesta habrá una contrapropuesta y no siempre un camino intermedio, con el agravante de que cualquier concesión que la UE quiera hacerles a los británicos tendrá que ser aprobada por los 27 países de la Unión, algunos de los cuales usarán la oportunidad para extraer concesiones de Bruselas a cambio de su visto bueno. La negociación del Brexit se hará además en medio de un urgente proceso de reforma que las instituciones europeas deberán emprender para evitar que otros estados se marchen de la Unión.

Hace poco menos de 500 años, en cabeza del rey Enrique VIII, los ingleses desencadenaron su primer Brexit al abandonar la Iglesia católica romana y crear la suya propia. Tradicionalmente, Gran Bretaña ha mantenido una relación ambigua con “el continente”, no hace parte de la Eurozona, ni del Schengen y ahora leva anclas y queda flotando en las alebrestadas aguas de la anárquica geopolítica que se toma el planeta.

Fuente: El Espectador

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