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70 Aniversario

Musicólogo que recibirá el Premio Israel: “Hacer música es una ‘cosa judía’”

Agencia AJN.– “Hacer música es una ‘cosa judía’, como se ve en su desproporcionada presencia mundial, y la producción de su Estado es como la del hi tech (alta tecnología): tiene directores en la Scala de Milán o la Filarmónica de Berlín…”, destacó Edwin Seroussi al recibir a la Agencia AJN en la Universidad Hebrea de Jerusalem y agregó que “hacer música judía en espacios donde los judíos vivieron hace cientos de millones de años y ya no están más, es en forma simbólica hacer retornar parte de las voces que ya no existen”.

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Agencia AJN.– Todos los años, en ocasión del aniversario de la independencia del Estado de Israel, el Ministerio de Educación del Estado judío entrega el Premio Israel a personalidades destacadas en distintas ramas, y en esta particular oportunidad del 70º aniversario, el elegido para el galardón a la cultura, el arte y la musicología fue Edwin Seroussi (foto), nacido en Montevideo, Uruguay, hace 65 años, quien recibió a la Agencia AJN en su oficina de la Universidad Hebrea de Jerusalem donde es profesor de Musicología y dirige el Centro de Investigación de la Música Judía.

Edwin es un hombre muy humilde y querido entre sus pares, con enorme cariño y generosidad profesores y alumnos se hacen un momento para estrecharle un abrazo y felicitarlo por el “Premio Israel” que recibirá en los próximos días. Ama la música y su trabajo, disfruta y siente que los años dedicados a su especialidad ayudaron a dejar registro de la música judía para las futuras generaciones. Tal vez todo su conocimiento se sintetiza cuando con gran rigurosidad asegura “quizá la canción más israelí en sentido histórico es Harreút, de Jaím Guri” y respecto a la música más contemporánea asegura que “ningún israelí va a negar que una figura como Arik Einstein es, por encima de las divisiones, una voz con la cual todos crecimos durante 40 años”. El conocimiento, el amor por Israel y por su música nos regala una personalidad única y una entrevista que justifica nuestro viaje para encontrar todas aquellas piezas que conforman el pasado, presente y futuro del Estado de Israel

– ¿Cómo está viviendo este momento de su vida?
– Decir que no es un momento emocionante sería no decir la verdad, a pesar de que siempre trato de tomar las cosas en su proporción. Cuando me llamó el ministro de Educación (Naftali Bennett), que es quien se lo anuncia a cada uno, fue una sorpresa total porque es rarísimo que se dé este premio en el campo de la investigación musical, porque todo el proceso es muy trasparente e incluso una semana antes tuve una reunión con una de las personas del comité que me eligió y no pude notar algo que insinuara que iba a ser elegido, y porque soy una persona relativamente joven para el promedio (de los ganadores) y desde mi punto de vista -no es por modestia- las cosas más importantes todavía no las he hecho. Entonces, en cierta forma, lo tomo como un reconocimiento al campo en el cual trabajo y a toda la gente involucrada en los últimos 40 años.

“Quizá la canción más israelí en sentido histórico es Harreút, de Jaím Guri y el que conoce esa canción es israelí, y el que no, no lo es.”

– ¿Por qué cree que pasó eso justo cuando se cumplen 70 años del Estado de Israel?
– Generalmente, el premio es para la música artística occidental, pero Israel es un caleidoscopio de culturas, memorias musicales y estilos, y esta multiculturalidad también crea muchas tensiones. Entonces, lo importante no es el reconocimiento a la música como tal, porque se han dado premios a importantísimos compositores, sino a la polifonía de la sociedad israelí. Creo que a la edad de 70 uno ya tiene suficiente experiencia como para conocer la riqueza de su campo artístico y también, por medio de nuestro trabajo, comprender aspectos de la sociedad israelí por su música, mejor que por sus textos.

– La música se encuentra en cada esquina de Israel y tiene un lugar importantísimo en esta sociedad, ¿por qué sucede esto en el pueblo judío?
– La música tiene un lugar importante en cualquier sociedad. Especialmente en la modernidad, cuando la humanidad se organiza -para bien o para mal- en Estados-nación, la manipulación de la música como un capital cultural por medio del cual se puede crear una sociedad más cohesiva es una verdad que se aplica a todo el mundo. El aspecto único de Israel son dos, y uno ya lo mencionamos: la cantidad de tradiciones musicales practicadas en su población es la número uno en el mundo desde el punto de vista de la variedad. El segundo es que hacer música es una “cosa judía”, no por algo racista, de predisposición genética, sino que hay que saber que ello no siempre fue de clase alta. Hay una división ontológica importante entre el canto y la parte instrumental. En la Edad Media, la mayoría de la música instrumental acompañaba algo, como al cantante o danzas. También sucedía en el apogeo de la sociedad islámica, del siglo VIII al XI. La música instrumental independiente es moderna, so: desde el Renacimiento comienza a recibir sentido semántico. Hacer música era, en muchos casos, para sirvientes de la nobleza o mendigos que tocaban en los mercados. El desarrollo del músico profesional de alta calidad es moderno. El músico era una persona que entretenía, y justamente porque los judíos no tenían acceso a la alta nobleza en el mundo islámico, ni en el cristiano, desarrollaban su actividad como músicos, que les permitía ganar algo para vivir. La profesión se pasaba de generación en generación y familias enteras de músicos judíos sirvieron en Europa del Este o el norte de África durante muchísimos años. Al llegar la modernidad, con el acceso de los judíos a los medios de difusión, su sabiduría musical inmediatamente conquistó el campo con autoridad en Argelia, Bagdad u Odesa. Es increíble que el mundo musical del siglo XX tenga una representación judía totalmente desproporcionada para el número de judíos en la población mundial, tanto en la composición como en la interpretación. Hay cantantes judíos que conquistaron cualquier campo, e incluso en las últimas tres décadas también se habla del tango como cosa de judíos. Quien era klezmer o músico profesional en Europa oriental, llegó a la Argentina e hizo una transformación al campo de la música popular. Quienes llegaron a Nueva York, empezaron a tocar jazz. Entonces, como parte de esa tradición de siglos, tenemos judíos que tocan jazz, tango, música árabe moderna… El mundo islámico tiene dinastías de músicos judío, y uno de los ejemplos más impresionantes es el de Bagdad, donde a principios del siglo XX existían dos orquestas que brindaban servicios a toda la sociedad. Cuando se creó el Servicio de Radiodifusión iraquí, la mayoría de los músicos eran judíos, y cuando lo judíos dejaron Bagdad, entre 1942 y 1951, la ciudad se quedó sin música, así que el Gobierno arrestó a dos músicos importantes y no los dejó salir hasta que les enseñaron a tocar los instrumentos a musulmanes. Entonces, creo que la riqueza musical en Israel se debe a que los compositores que llegaron aquí -en su gran mayoría, refugiados de los mundos árabe, persa y de Asia central, pero también los que llegaron de Varsovia y Viena- crearon un lenguaje que es local, pero habla lenguas internacionales…

“Ningún israelí va a negar que una figura como Arik Einstein es, por encima de las divisiones, una voz con la cual todos crecimos durante 40 años.”

– ¿Lo conmueve y disfruta de escuchar todo tipo de música en Israel?
– Hoy, la creación en Israel es simplemente increíble. Si se ve la cantidad de músicos que actúan y han tenido éxito en el exterior… ¿cómo se puede explicar que chicos israelíes, como toda la familia Cohen, sean la vanguardia del jazz en Nueva York? Creo que tienen esa predisposición musical de sus antepasados… Soy uno de los miembros fundadores de la Orquesta Barroca de Jerusalem. Chicos que pasaron por ella recibieron trabajos en Inglaterra y Holanda tocando instrumentos originales, que es la cosa más lejana al ethos (idiosincracia) del sionismo. La producción musical de Israel es como la del hi tech (alta tecnología): tiene directores en la Scala de Milán o la Filarmónica de Berlín… En un país de ocho millones de habitantes, me parece que es un tema que da para pensar… Como músico, hay cosas que me gustan más y otras menos -eso ya es una apreciación estética-, pero generalmente me agrada todo lo que la gente hace porque es de gran nivel y por la inventiva que se crea por el encuentro de tradiciones. Por ejemplo, hace un mes estuve en un concierto de encuentro entre músicos iraquíes y etíopes que en ninguna otra parte del mundo puede ocurrir, solo en Jerusalem…

– La música nuclea al mundo judío fuera de Israel en cualquier tiempo…
– Sí, pero también hay fenómenos que son únicos de nuestra época; por ejemplo, el gran desarrollo de esa música donde no hay judíos. En Europa se puede ir a Polonia, donde hay una escena de música judía muy interesante, pero quienes la hacen no lo son. En cierta forma, eso crea una presencia espiritual donde los cuerpos ya no están… Hacer música en espacios donde vivieron judíos hace cientos de años es hacer retornar en forma simbólica a parte de esas voces que ya no existen. Lo más impresionante en Polonia es el Festival de Cultura Judía de Cracovia, que se celebra desde hace 30 años. Es ver al gueto volviendo a la vida por dos semanas, con músicos -muchos, de Israel- que tocan en todos los espacios donde entreguerras había una fantástica vida musical y teatral judía. Creo que es un milagro y una contrapartida de lo político. Hay intelectuales y activistas artísticos polacos que se empecinan en traer de nuevo el judaísmo a Polonia por medio del sonido.

– ¿Cuál fue la tarea por la cual recibirá tan importante premio?
– Me ocupo de la música judía en su sentido más amplio. Como en su gran mayoría es de tradición oral, me dediqué a grabar memoria musical desde edad muy temprana. Está el tema de combinar la memoria oral con la evidencia escrita y también el haber estado en el momento indicado en el lugar indicado, que es la Biblioteca Nacional, que en su primer piso tiene la bibliografía musical más grande del mundo en términos de manuscritos, partituras y libros y en el segundo está el Archivo Sonoro Nacional. Es el único lugar del mundo donde puedo pasar de la documentación viva y oral a los documentos escritos trasladándome un solo piso. Mi doctorado en la Universidad de California, en los años de 1980, fue sobre la tradición musical de los judíos turcos en la Viena del siglo XIX. Se basó en unos manuscritos que encontramos en Cincinnati, en una colección fabulosa de música judía. Hacia 1880 existía en Viena una comunidad judeootomana que todavía se vestía de manera oriental, con turbantes, y también los había de Grecia. Eran reconocidos como sujetos del imperio otomano, como una “embajada turca”. Y crece una nueva generación, ya nacida en Viena. Le gustaba la música de (Johann) Strauss y cuando iba a la sinagoga, estaban los viejos turcos que cantaban música oriental; por eso decidieron modernizarse. Entonces invitaron a un jazán, un cantante (litúrgico) profesional húngaro, y le pidieron mantener las melodías, anotándolas musicalmente y arreglándolas para un coro de cuatro voces, como “la gente civilizada y moderna”. Lo que el húngaro hizo es lo que hoy llamamos etnomusicología. Son los manuscritos de música sefaradí más antiguos que tenemos. Estudié los documentos y el trasfondo histórico de ese episodio, pero también entrevisté a jazanim turcos en Israel. Les cantaba de los manuscritos para ver si reconocían la melodía y si la anotación musical guardaba suficientes elementos que pudieran reconocer, y por supuesto, identificaron todos, a pesar de que les sonaban un poco raro. Eso quiere decir que si una melodía se conservó desde 1880 hasta 1980, en los cien años más turbulentos y con cambios y desplazamientos más grandes de judíos, podemos pensar hipotéticamente que también 200 años antes de 1880 las melodías existían más o menos como las conocemos hoy. Esa profundidad del conocimiento de la historia de la música judía tiene que ver con el reconocimiento. Otro aspecto que para mí es importante es que nunca me quedé en “la torre de marfil” de la universidad: muchos de mis trabajos los traduje a labor artística. He hecho cientos de programas de conciertos en los cuales explico y escribo notas para que el público entienda el contenido y para darle la oportunidad a esa música de ser escuchada en las salas de espectáculos. Y la tercera cosa es la educación musical y su diversificación en Israel: creamos marcos de música de todo tipo -árabe, persa…- para que llegue a las escuelas. En ciertas épocas en las que el gobierno israelí estaba dispuesto a invertir en la diversificación cultural, eso nos llevó a tener presupuesto para comprar cientos de instrumentos en Turquía, que trajimos a Israel para ser usados en las escuelas. Uno trabaja intuitivamente y no se da cuenta de lo que va haciendo…

Seroussi

Seroussi junto a Daniel Berliner, director de la Agencia AJN, y la Dr. Gila Flam, directora del Departamento de Música en la Biblioteca Nacional en Jerusalem.

– ¿Qué artistas representan mejor esta época en Israel?
– Como en toda cultura nacional, la práctica de la música crea un cierto canon. Preliminarmente, ningún israelí va a negar que una figura como Arik Einstein es, por encima de las divisiones, una voz con la cual todos crecimos durante 40 años. Más o menos fue escuchada por judíos que llegaron a Israel desde todas las diásporas y habla el lenguaje del rock popular, que es prácticamente la lengua franca de la juventud de todo el mundo, sin importar su origen étnico o religioso. Pero hay tantas cosas que pueden representar a Israel… En general, estoy en contra de elegir íconos. Quizá la canción más israelí en sentido histórico es Harreút, de Jaím Guri (NdR: es un homenaje a los caídos en la Guerra de la Independencia). En el libro que escribí con mi colega Moti Regev, Música popular y cultura nacional de Israel, el capítulo que habla sobre las canciones de la Tierra de Israel, que es el código representativo del canon sionista, empieza con una frase de la ex ministra de Educación (de Ehud Olmert) Iuli Tamir, que dice: “El que conoce esa canción es israelí, y el que no, no lo es”. Eso da la pauta de que hasta hace poco existía un centro de poder que trataba de definir qué es israelí y qué no. Creo que ahora no debe pensar lo mismo… Pero cuando llegan Iom Haatzmaút y Iom Hazicarón (Día de Recordación, la jornada previa), la presencia de esa canción es un tema del nacionalismo que vive en la dicotomía “das la vida por la patria o mueres”. Al escuchar (el verso que habla de) “amistad forjada por sangre” estamos hablando de la narrativa central del Estado de Israel y no la podemos sacar del efecto emocional que tiene en la gente. Hay canciones que también se “santificaron por sangre”, como Shir lashalom, la última que cantó Itzjak Rabin y cuyo texto se encontraba en su bolsillo, manchado con sangre… En resumen, en mi forma de ver, el audio del Estado de Israel a 70 años es una de las creaciones más fascinantes de esta empresa nacional judía y refleja una experiencia musical de siglos, el dolor, el antagonismo y la problemática de una sociedad que está muy dividida y, al mismo tiempo, toda la esperanza y la comunidad que la música puede crear. Ésta funciona como un arma de doble filo: unifica y divide. Esperemos que unifique más de lo que divida…

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70 Aniversario

Google saludó a Israel en su 70 aniversario

Agencia AJN.- En el Día de la Independencia de Israel, el motor de búsqueda cambió la página principal local a un dibujo blanco y azul con una bandera israelí.

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Agencia AJN.- El Google Doodle que apareció en las pantallas de todo Israel el día jueves fue un homenaje especial al país por su 70 aniversario.

“Hoy, los israelíes muestran con orgullo sus banderas (representadas en el Doodle de hoy), en honor a su independencia”, dijo Google en un explicador adjunto.

El logotipo estilizado de Google se cambió a azul y blanco y tenía una bandera israelí con el número 70 encima.

Un Doodle es un cambio temporal del logotipo de Google con el fin de celebrar feriados, eventos culturales e históricos, logros y personas.

Google presenta regularmente Doodles centrados en Israel, incluso para las elecciones parlamentarias, el primer día de clases y otras fiestas judías.

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70 Aniversario

El país que Ben Gurion nunca imaginó

Israel celebra sus 70 años de independencia confiado en la economía y en que nuevos pactos con los árabes palíen la cuestión palestina

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Muy pocos de aquellos 600.000 judíos –muchos supervivientes del Holocausto nazi– que vivían en Israel el día que Ben Gurion declaró su independencia, en 1948, se imaginarían que 70 años después su país estaría situado en el undécimo lugar del índice de los países más felices del mundo.

El diplomático número uno y exmítico ministro de Exteriores Abba Eban decía que “en Israel quien no cree en milagros, no es realista”. Y el hecho es que tras la decisión de la partición el 29 de noviembre de 1947 en la ONU, en la que la comunidad internacional aprobó que el territorio controlado por el mandato británico fuera dividido en un Estado judío y otro árabe, los festejos duraron poco. Ben Gurion, que asumió que no recibía el país de sus sueños y suponía una renuncia a parte de sus planes iniciales, decidió que más valía pájaro en mano que ciento volando, y organizó las instituciones del futuro Estado. Tras la partición, Ben Gurion dijo: “Un judío nunca puede renunciar a la esperanza, pero no debe tampoco caer en un optimismo extremo”.

El mundo árabe convenció a los palestinos de que rechazaran el compromiso salomónico, alegando que el Estado judío no lograría sobrevivir ante la avalancha que se estaba gestando en los estados árabes. A pesar de la debilidad del “Yshuv” –el pre-estado de Israel–, Ben Gurion decidió la tarde del viernes 14 de mayo de 1948 declarar la independencia del Estado de Israel (un aniversario que el calendario judío sitúa hoy). El país recién creado fue atacado simultáneamente por seis ejércitos árabes, pero al final logró sobrevivir.

Un país más pequeño que Galicia tiene una renta per cápita mayor a la de muchos de la UE

Israel todavía tenía las heridas de la Shoah muy presentes: en los años 50 y 60, el programa radiofónico estrella se llamaba Departamento de Búsqueda de Parientes, que sirvió para que miles de personas se reencontraran con parientes que creían haber perdido en el exterminio nazi. Esto repercutió incluso en matrimonios, que de repente se percataron que una parte de la familia que dieron por desaparecida aún seguía con vida.

Desde entonces, Israel vive una larga guerra, con más de una decena de explosiones. Pero a pesar de todo, los israelíes, que en sus primeras décadas vivían en un Estado pionero, igualitario y muy pobre, fueron creciendo poco a poco hasta convertirse en una potencia económica, con una renta per cápita superior a la de varios estados importantes de la Unión Europea, y centro de alta tecnología y ciencia, reconocido como la start-up nation.

El pequeño país, con menos de 9 millones de habitantes y un tamaño inferior al de Galicia o equivalente al País de Gales, es considerado por algunos comentaristas militares como la primera potencia entre el mar Caspio y Gibraltar. “Algunos nos ven como una fortaleza, una especia de gueto con la mejor fuerza aérea del mundo, pero somos mucho más que eso”, afirma el catedrático Natan Latar, de la Universidad de Hertzelia. De hecho, los israelíes resucitaron un idioma que era utilizado únicamente en la liturgia, convirtiéndolo en una lengua viva, joven y moderna. “Lo conseguimos gracias a locos como Eliezer Ben-Yehuda, que obligaba a su familia a expresarse solamente en el idioma bíblico”, cuenta Latar. Y no fue fácil para los 3,2 millones de olim (inmigrantes) que abandonaron sus vidas en Europa, Oriente Medio, el Magreb, América Latina o Estados Unidos debido a las persecuciones o a su intención de vivir en el único Estado judío del mundo. El actual presidente de Israel, Reuven Rivlin, habla de “las cuatro tribus de Israel”: los seculares –la mayoría– (40%), los religiosos (15%), los ultraortodoxos o haredim (10%), y los árabes israelíes (20%).

La nación de los judíos ha vivido en guerra de forma intermitente desde su creación

Israel se encuentra anclado en un Oriente Medio que vive la mayor crisis desde los principios del islam con cerca de un millón de muertos, cinco países desaparecidos o eclipsados desde las revoluciones en el mundo árabe, decenas de millones de desempleados y nuevos grupos radicales islamistas de reciente creación como Estado Islámico y, sobre todo, con el problema palestino pendiente de resolución y 50 años de ocupación en Cisjordania. No obstante, Israel logró desarrollarse a tal punto que tiene más compañías de alta tecnología en el Nasdaq que los 28 países de la UE juntos; es el segundo país del mundo en el número de libros publicados per cápita; el que tiene más museos en proporción a su población; y el tercero –tras EE.UU. y Holanda– con más licenciados universitarios (el 25% de su fuerza laboral).

Israel se convirtió en una de las siete potencias con satélites en el espacio exterior y, según fuentes extranjeras, en una de las nueve con poder nuclear.

Recientemente, en EE.UU., el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salman, que podría convertirse en rey en un futuro muy cercano, alabó la economía y la capacidad del Estado de Israel, y declaró que “tiene derecho a existir”, subrayando a su vez la necesidad de crear un Estado palestino.

Israel tiene actualmente una de las monedas –el shekel– más fuertes del mundo, y su reserva de moneda extranjera no tiene precedentes. Sin embargo, en uno de los contrastes tan típicos de este joven país, un 20% de la población –más de 1,5 millones de personas, muchos de ellos niños– viven bajo el umbral de la pobreza. Se trata de la proporción más alta de la OCDE, provocada sobre todo por el hecho de que casi la mitad de los hombres ultraortodoxos y más de la mitad de las mujeres de la minoría árabe israelí no trabajan, hecho que empobrece más si cabe a estos sectores de población.

La anexión de los territorios ocupados o la división definitiva es el debate central

“La información es como el oro en el pasado. Debemos evitar crear compañías que se conviertan en Kodak o en Blockbuster, hay que imitar los modelos de Amazon, Apple o Google. No es casualidad que el único centro de investigación y desarrollo de Microsoft fuera de EE.UU. esté en Israel, porque tenemos gente muy capaz”, afirma el joven Iaron Karni, que logró desarrollar varias start-up que fueron vendidas parcialmente a Google.

No en vano Israel cuenta con 12 premios Nobel, y en total más de 200 judíos del mundo han obtenido este reconocido galardón. Abhia Itzhaki, exportavoz de la administración militar israelí, afirma que “el desafío es convertir a Israel en una Atenas basada en la tolerancia, abierta a ideas y a pueblos vecinos, y no un Estado sitiado y armado hasta los dientes al estilo de Esparta”. De hecho, el ex primer ministro hebreo Ehud Barak comparaba al Estado judío con una villa solitaria en medio de la jungla.

A sus 70 años, Israel todavía no tiene fronteras reconocidas, y a pesar de que existen distintas estadísticas, el número de judíos y de árabes entre el río Jordán y el mar Mediterráneo es casi idéntico.

Es por eso que mientras en el Likud de Netanyahu, que se mantiene en el gobierno en los últimos años, se habla abiertamente de “anexionar” partes de Cisjordania a Israel, en los partidos del espectro de centro-izquierda se reitera que la separación con los palestinos –manteniendo a la población árabe israelí– es la única forma de garantizar el carácter judío y democrático de Israel. Israelíes y palestinos intentan lograr un acuerdo, habitualmente bajo tutela estadounidense, desde hace más de un cuarto de siglo sin éxito. Albert Einstein decía que una locura es intentar otra vez algo que siempre fracasó.

Probablemente es necesario un cambio de paradigma, en el que el mundo árabe suní e Israel tienen hoy los mismos rivales en Oriente Medio –ante todo, los iraníes, que intentan lograr el liderazgo del mundo musulmán. En segundo lugar, la yihad mundial”, encabezada por el Estado Islámico y Al Qaeda, ha cambiado la geopolítica regional y el juego de alianzas. Poco antes de fallecer, el expresidente y primer ministro de Israel Shimon Peres comentó a este corresponsal que “Ben Gurion no se lo creería si conociese los vínculos que se están desarrollando entre países árabes enemigos oficialmente de Israel con el Estado que él fundó”. Muchas veces acusaron a Peres de ser optimista en exceso, pero él contestaba: “Tanto los optimistas como los pesimistas al final se mueren. Pero los optimistas viven mucho mejor”.

Fuente: La Vanguardia. http://www.lavanguardia.com/
Autor: Henrique Cymerman Benarroch @Henrique_B_C

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