August 22, 2017

Opinión. Vergüenza. Por Eduardo Kohn*

AJN.- Después de cinco años, las cifras son aterradoras. La mitad de la población de Siria ha sido desplazada, millones de ellos huyeron y se toparon con barreras, discriminación, insolidaridad, y 400 mil sirios han muerto, asesinados por terroristas del ISIS y fundamentalmente por su propio gobierno que usó armas químicas para exterminarlos.

Assad no podría estar hoy en su trono presidencial ni haber ordenado un genocidio sin apoyo de Rusia e Irán y tener en paralelo, el silencio y la indiferencia, que no por estar en quietud es menos culpable.

Un análisis político del New York Times señala textualmente:
“Al comienzo del conflicto, cuando la diplomacia en el Consejo de Seguridad pudo haber obligado a que Asad se comprometiera a hacer acuerdos políticos y previniera la guerra, Rusia utilizó su veto para protegerlo de las críticas y las sanciones. Para octubre de 2015, cuando parecía que Asad estaba perdiendo, Rusia envió jets y tropas, y se convirtió en combatiente activo en nombre del gobierno contra los rebeldes, incluyendo aquellos que habían sido entrenados y auxiliados por Estados Unidos y los países árabes. Hezbollah, respaldado por Irán con armas y dinero, también ha sido un activo vital para el régimen de Asad ya que, según fue reportado, ha desplegado por lo menos 5000 combatientes en Siria. El caos ha permitido que el Estado Islámico establezca una sede en Siria y se convierta en una grave amenaza terrorista. La búsqueda de un acuerdo político que terminara la guerra civil y permitiera un enfoque unificado para luchar contra ISIS han fracasado. Quedan pocas dudas de que Putin utilizó la diplomacia como un amago para permitir la victoria militar de Asad”.

En medio de esta barbarie, aparece Aleppo, una emblemática ciudad convertida en escombros.

La periodista israelí de 35 años Lucy Aharish, nacida en Dimona, de padres árabes, egresada de la Universidad Hebrea, dijo hace unos pocos días en uno de sus programas de noticias:

“Ahora, en Halab, Siria, un lugar al que podemos llegar desde Tel Aviv manejando sólo ocho horas, tiene lugar un genocidio. Quizás no queremos ni escuchar ni hablar de eso. Entender que en el siglo 21, la era de internet en la cual la información la tenemos en la palma de nuestra mano, en un mundo donde podemos ver y escuchar a las víctimas y sus historias de horror en tiempo real, en este mundo no hacemos nada mientras se masacran niños, mujeres, ancianos, a cada hora. Me da vergüenza como ser humano que tengamos en este mundo líderes incapaces de coordinar acciones poderosas por encima de condenas retóricas. Me da vergüenza que el mundo árabe esté atrapado por terroristas y asesinos y nadie haga nada. Me da vergüenza que la mayoría de la humanidad que queremos vivir en paz seamos irrelevantes una vez más”.

En la Edad Media, en las barbaries del siglo XX, y ahora en este siglo XXI, la indiferencia ha sido un enemigo muy importante de la humanidad. Assad puede hacer lo que le plazca (y cinco años matando a su gente lo demuestra con creces) porque los que pueden frenar a un bárbaro como él, hacen discursos, y los que sí hacen y no hablan, son sus cómplices.

Elie Wiesel nos ha dejado entre su inmenso legado, claras definiciones de lo que significa la indiferencia. Etimológicamente, la palabra significa «falta de diferencia». Un estado extraño y poco natural en el cual no se distingue entre la luz y la oscuridad, el amanecer y el atardecer, el crimen y el castigo, la crueldad y la compasión, el bien y el mal.

“Evidentemente, la indiferencia puede resultar tentadora. En ocasiones, incluso seductora. Resulta mucho más fácil apartar la mirada de las víc¬timas. Es mucho más fácil evitar estas abruptas interrupciones a nuestro trabajo, nuestros sueños y nuestras esperanzas. A fin de cuentas, es extra¬ño y pesado implicarse en el dolor y la desesperación de los demás. En cierto sentido, ser indiferente a ese sufrimiento es lo que deshumani¬za al ser humano. A fin de cuentas, la indiferencia es más peligrosa que la ira o el odio. La indiferencia no es un comienzo; es un final. Por tanto, la indiferencia es siempre amiga del enemigo, puesto que beneficia al agre¬sor, nunca a su víctima, cuyo dolor se intensifica cuando la persona se siente olvidada. Hablo del prisionero político en su celda, de los niños hambrientos, de los refugiados sin hogar. La indiferencia no sólo es un pecado, sino también un castigo”.

La historia no absuelve dictadores, tiranos, genocidas, y de ninguna manera a los indiferentes. Tampoco esta vez la historia absolverá la barbarie en Siria. Pero cuando la historia y su juicio llegan, ya es pasado y es tarde para las víctimas.

Por eso, al menos como un modesto clamor, acompañemos el pensamiento de la periodista árabe-israelí y sintamos, aunque sea por un minuto, una profunda vergüenza.

*Dr. Eduardo Kohn
Director B´nai B´rith América Latina

  • facebook
  • googleplus
  • twitter
  • linkedin
  • linkedin

Dejá tu comentario