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Opinión

¿Ha muerto la oferta ideológica de la izquierda israelí? – Por Gabriel Ben-Tasgal

Israel posee hoy una economía fuerte y exitosa sin ser un estado capitalista salvaje. Propuestas para reducir las diferencias sociales o para brindar oportunidades a los sectores más necesitados son necesarias e imprescindibles.

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Agencia AJN.- En cierta ocasión, la mítica encuestadora israelí Mina Tzemaj comentó: “Cuando escuchas una sirena de una ambulancia, sucede una entre dos cosas: Si el que está siendo socorrido es una persona mayor y falleciente, probablemente se trate de un votante de izquierda… pero si se trata de un bebé recién nacido, probablemente votará por la derecha israelí».

La parábola de Mina Tzemaj se sustenta en una realidad fáctica, la sociedad israelí se ha inclinado hacia la derecha del mapa político. Paralelamente, muchos israelíes que defienden posturas tradicionales de izquierda optan por no votar al Partido Laborista ni lo hicieron por Meretz (que no superó el “umbral de cierre” en las últimas elecciones). Consideran que votarles es un desperdicio estratégico del sufragio ya que ambas no pueden detener la coronación de Binyamin Netanyahu como Primer Ministro. Este voto estratégico favorece a las agrupaciones de centro como Yesh Atid (Hay Esperanza) o la Reshima Mamlajtit (Lista Oficialista).

¿Significa esto que los principios ideológicos de izquierda son impopulares en Israel? Si tomásemos en consideración que sus pilares son la defensa del principio de dos estados para dos pueblos (con la creación de un estado palestino), la separación entre estado y religión, una postura socialista o socialdemócrata en socioeconomía, la defensa de los derechos civiles y una visión plural de las identidades nacionales en Israel… entonces la respuesta sobre la relevancia ideológica es “mixta”. Por supuesto que en cada uno de estos pilares existen diferencias entre el Partido Laborista y Meretz.

Los israelíes se inclinan a favor de una separación territorial y física de los palestinos aunque desconfían de la inmediatez o necesidad de un estado independiente. Temen que provoque una mayor amenaza terrorista sin poner punto final al conflicto. Para reafirmar dichas sospechas, suelen citar tres precedentes históricos inmediatos: La retirada de la Franja de Seguridad en el Líbano (2000), el abandono unilateral de Gaza (2005) y; por sobre todo, la retirada de Cisjordania en el marco del Acuerdo de Oslo B (1995). Una separación entre israelíes y palestino “si”, un posible estado palestino “quizás” (y no ahora) y el convencimiento que el conflicto es más “administrable” que “solucionable” a corto o mediano plazo.

En otro apartado, los judíos israelíes son mayoritariamente tradicionalistas o bien aceptan con agrado cierta preservación de sus costumbres religiosas. Las propuestas de separación total entre estado y religión no son muy populares. Por contrapartida, un aumento de la influencia religiosa en la vida pública israelí puede perjudicar al próximo gobierno de Netanyahu en su imagen pública.

Israel posee hoy una economía fuerte y exitosa sin ser un estado capitalista salvaje. Propuestas para reducir las diferencias sociales o para brindar oportunidades a los sectores más necesitados son necesarias e imprescindibles. Sin embargo, los partidos socialistas se topan con una serie de dificultades: 1) Existen otras fuerzas políticas que proponen lo mismo (Shas o el Partido árabe-judío Jadash); 2) Es imposible sustentar la recepción del voto en base, únicamente, a propuestas económicas. En especial cuando el estado “no” está sumido en una crisis. Meirav Mijaeli o, anteriormente, Shely Yejimovich, posicionaron al Partido Laborista exageradamente alrededor de este eje socioeconómico sin lograr reconquistar un papel central en la política local.

En relación a las identidades nacionales, Meretz se enfrenta a un grave problema en su práctica discursiva. Amnon Rubinstein; uno de los fundadores de dicho partido (en 1992); lo ha explicado con claridad: «Yo acuso a Meretz de que en cada enfrentamiento entre judíos y árabes, no mostraron suficiente identificación con el lado judío. Hace años, les advertí sobre esta tendencia. Dije, hay una guerra aquí por la soberanía judía y aunque es correcto que hay que defender los derechos humanos, el derecho judío a un refugio seguro es más importante».

La opinión pública israelí se define orgullosamente como “sionista”, defendiendo la necesidad de un estado “cuna nacional del pueblo judío” que sepa respetar los derechos civiles de todas las minorías. Siendo así, rechazan de plano que el nacionalismo judío (o el sionismo) sea catalogado como “supremacismo”. Más aun, considerarlo como una forma de supremacismo es captado como un insulto o como otra estrategia para delegitimarlo.

La defensa de los derechos civiles es un eje especialmente atractivo pero, para ser creíbles, se debe ser consistente. Defender los derechos palestinos o coquetear con la idea de promover la intervención de la Corte Penal Internacional en el conflicto debe, repito, debe, convivir con el derecho inalienable de cada individuo a la vida y a la defensa propia. Además, las necesarias reformas al sistema judicial israelí deberían ser promovidas por los defensores de los derechos civiles ya que, de lo contrario, su pasividad pasa a ser captada como simple conveniencia política.

Los portavoces de la izquierda israelí han ofrecido una serie de explicaciones a la hora de justificar el descenso de su fuerza popular. Casi siempre, los argumentos son “tácticos” y hasta a veces anecdóticos. Nos por eso dejan de tener valor. Entre los argumentos más escuchados encontramos la acusación que la incitación de Netanyahu y sus ministros contra la izquierda ha surtido un duro efecto que no los favorece; que están pagando el precio por haber votado leyes en contra de su ideología en pos de mantener con vida al último Gobierno de Cambio; que ofrecen un discurso elitista que no combina elementos racionales con otros emocionales (por lo tanto no logran conectarse con la población, en especial con los judíos mizrajim); que han sido abandonados por el voto árabe cuando ellos “siempre” defendieron a esta minoría israelí; que carecen de lideres carismáticos para competir con un orador destacado como Netanyahu, o con un provocador como Itamar Ben-Gvir; que los líderes de las agrupaciones no duraron en sus cargos al ser fagocitados por los suyos; que Yair Lapid (Yesh Atid) realizó una campaña del “partido grande” en vez de defender a todas las fuerzas de su bloque para enfrentar juntos a Netanyahu o bien… que el liderazgo de los partidos de la izquierda israelí ya no pueden planificar campañas electorales para hacerse con el gobierno… sino que deben asumir la función histórica de guiar ideológicamente a quienes comandarán al país desde fuerzas centristas.

Todas estas razones pueden ayudar a explicar parte de la debilidad actual del Partido Laborista o la desaparición parlamentaria de Meretz en las últimas elecciones para la Knesset. Sin embargo, considero que existen dos razones importantes que “no” son asumidas con suficiente integridad intelectual.

Ante todo, no existirá una reconstrucción sin un replanteo del “Síndrome del Espejo”. La formulación de la realidad no debería derivarse de cómo nos interpretamos o, únicamente, en base a nuestras creencias. Muchas veces, y en especial en el Medio Oriente, es preferible detectar la forma en la que nuestros vecinos interpretan el mundo. Veamos algunos ejemplos de las dificultades que el exceso del síndrome del espejo provoca en algunos sectores de la izquierda israelí: a) El hecho que la laicidad sea un valor ideológico primordial para unos no significa que nuestros vecinos palestinos sean laicos (no lo son y por lo tanto desconocer sus motivaciones ideológicas religiosas actúa como un “síndrome del espejo”); b) El hecho que los israelíes consideremos que debemos poner punto final a un conflicto sangriento porque tal violencia provoca una degradación moral inaceptable… no significa que el liderazgo palestino vea la realidad de la misma forma (no la ven); c) El hecho que consideremos que las declaraciones públicas son menos importantes que la esencia de lo que estamos dispuestos a sacrificar (que en occidente lo solemos expresar en privado) no debería inducir que en el mundo árabe-musulmán las intenciones declaradas frente a las audiencias no deban tomarse en cuenta (lo que se dice en público allí es más importante que lo que se declara en privado).

En una entrevista a Maariv, el ex diputado de Meretz Abshalom Bilan confesaba que “fuimos percibidos por el público como un partido que no lucha por los intereses israelíes, sino que quiere respetar a los palestinos”. Sin embargo, como bien declaraba Amnon Rubinstein «Israel no siempre tiene la culpa, los árabes desde 1948 han adoptado una línea obstinada, beligerante e intransigente. No sólo no aceptaron ninguna oferta israelí, sino que ni siquiera hicieron una contraoferta seria. Se podría decir eso y eso había que decirlo».

En otras palabras, el liderazgo palestino no es un niño indefenso, inimputable por sus acciones. Las propuestas ideológicas no pueden sustentarse en un vacío, en el que solo importan nuestros deseos, sin tomar en consideración las posiciones de los palestinos. De la misma forma que la crítica hacia el liderazgo palestino o hacia el radicalismo islámico no puede quedar bajo monopolio de la derecha, las propuestas de paz no deberían ser impulsadas solamente desde la izquierda.

Segundo, el narrativismo de la izquierda israelí la posiciona negativamente. Hayden White, iniciador de lo que hoy se conoce como narrativismo, sostiene que toda experiencia puede ser narrada, siendo que el relato histórico es considerado como una forma discursiva dirigida a la audiencia del presente. Así, el problema sobre “la verdad” pierde centralidad.

En el caso israelí, muchos son los que presentan argumentos exagerados, muy distantes al deseo de alcanzar la verdad. Desde la derecha, se exagera en la explotación de los miedos existenciales para conseguir votos. Lo mismo se hacen al exagerar las amenazas potenciales ante concesiones territoriales. También se exagera en el victimismo de Binyamín Netanyahu frente a los procesos judiciales en su contra.

El narrativismo que escuchamos desde la izquierda posee tintes muy cuestionables desde la intelectualidad. No existe relativismo cuando se está tan alejado de los hechos. Veamos algunos ejemplos: a) No, Israel no impone un Apartheid, no en Israel ni en Cisjordania; b) No, el conflicto palestino-israelí no permanece vigente por culpa de la ocupación (y las dispuestas territoriales son solucionables); c) No, el ejército israelí no se asemeja ni es comparable al accionar nazi. d) No, Gaza no es una cárcel a cielo abierto, tenemos un conflicto armado con una organización que desea borrar del mapa a Israel; e) No, cualquier postura ideológica que no contenta sus dogmas no es “la destrucción de la democracia israelí” (de hecho, en los últimos 20 años el índice de democracia en Israel ha mejorado 13 posiciones – “The Economist”).

Uno de los narrativismos más poco creíbles sostiene que si Israel no se desprende rápidamente de Cisjordania, viviremos en un país binacional, no democrático, con minoría judía. Tal afirmación, muy recurrente, no tiene ningún tipo de asidero. Los israelíes no desean ni pueden ser obligados a anexar los territorios A y B de Cisjordania (40% de 5.960 km2) ni consideran la posibilidad de otorgar ciudadanía a dos millones y medio de palestinos. El debate gira en torno a una anexión de buena parte del territorio C (como deseaba Naftali Bennet cuando lideraba el partido Yamina) contra un renunciamiento total del mismo territorio (con un 6% de intercambio de tierras – “Swap”) como propuso Ehud Olmert en el 2008.

Lamentablemente para la realidad del Israel 2022… el narrativismo derechista del “miedo, miedo, miedo” es visto como más creíble que el narrativismo sobre la “bomba demográfica” en los 90’ o algunas de sus versiones aggionardas recien citadas.

Las posturas de la izquierda sionista son muy necesarias para mantener una democracia israelí pluralista y vibrante. Más aun, hace poco hemos sido testigos y disfrutado gracias a uno de los mayores aciertos que nos ha traído la socialdemocraciala ley de seguros médicos obligatorios promovida por el ex Ministro de Salud del Partido Laborista Jaim Ramón. El Covid-19 afectó a Israel un poco menos gracias a nuestro social demócrata sistema de salud universal.

«A veces tienes que caerte para poder levantarte. Estamos en invierno, pero debemos recordar que después de cada invierno llega la primavera», afirmó Zehava Gal-On (Meretz) tras ver como su partido no entraba a la Knesset (noviembre 2022). Por el momento, sin un profundo replanteamiento de ciertos dogmas ideológicos, no bastarán las políticas de cancelación para volver a ser relevantes a ojos del electorado israelí.

Opinión

Fuerte crítica a los periodistas y medios que producen antisemitismo »disfrazado de objetividad»

En el marco de la semana del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, un importante periodista realizó una fuerte crítica a los medios de comunicación que, según él, contrataron reporteros antisemitas para producir propaganda antiisraelí.

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Artículo publicado por Akiva Van Koningsveld en The Jerusalem Post.

Agencia AJN.-  En el transcurso de unos pocos meses, el equipo de investigación de HonestReporting descubrió innumerables publicaciones en las redes sociales de periodistas y productores de noticias repletas de un horrible antisemitismo. Se encontraron periodistas que alababan a Hitler, celebraban el Holocausto y glorificaban los atentados terroristas contra judíos, cristianos y musulmanes inocentes en Israel.

Los periodistas deben informar, no ser la noticia. Aunque este antiguo adagio, que se enseña el primer día en la facultad de periodismo, puede ser un cliché algo pasado de moda, algunos miembros de la prensa parecen haber olvidado el principio de objetividad.

Deberían haberse realizado comprobaciones básicas de antecedentes para despedir a estos periodistas y evitar que escribieran sobre Israel para organizaciones de noticias respetables. Sin embargo, importantes medios como The New York Times, la BBC, The Guardian, VICE News y otros, estando al tanto o no, contrataron a antisemitas para producir propaganda antiisraelí disfrazada de objetividad.

Cuando su discurso de odio quedó en evidencia y finalmente fueron despedidos, nos acusaron de llevar a cabo «asesinatos civiles selectivos» más de 300 periodistas palestinos y árabes que afirmaron falsamente que estaban siendo asfixiados por «mostrar la opresión israelí».

Hosam Salem, fotógrafo del NYT que aplaudió públicamente los ataques en los que murieron al menos 35 personas inocentes, recibió posteriormente el apoyo de colegas de todo el mundo, entre ellos de Reuters, AFP, Al Jazeera, The Boston Globe y The Toronto Star.

Cabe señalar que muchos de los corresponsales extranjeros destinados en Jerusalem son profesionales capaces, dignos de confianza e integridad y de elogios por defender los principios y la ética periodística en medio de una embestida de relaciones públicas contra el Estado judío. Eso no quiere decir que estos periodistas nunca se equivoquen, pero como afirma el Código Deontológico de la Sociedad de Periodistas Profesionales, «Reconocen los errores y los corrigen con rapidez y de forma destacada».

Sólo en las tres primeras semanas de 2023, la labor de divulgación de HonestReporting entre las organizaciones de medios de comunicación indujo más de una corrección diaria de promedio, incluso cuando las investigaciones indicaron que menos del 2% de todos los errores factuales identificados por las fuentes de noticias son rectificados.

Sin embargo, un buen número de periodistas utilizan su tribuna para promover una agenda abiertamente antisionista. Entre ellos se encuentra, por ejemplo, Raja Abdulrahim, que en su momento culpó a Israel de los atentados suicidas palestinos y, en 2022, blanqueó el terrorismo palestino para The New York Times.

El mes pasado, durante una conversación con uno de nuestros colaboradores, un experimentado corresponsal de una gran cadena británica insinuó falsamente que las fuerzas israelíes habían atacado intencionadamente a Shireen Abu Akleh, la periodista de Al Jazeera que murió trágicamente en el fuego cruzado durante una operación de las IDF en Jenín.

Mientras tanto, en los Países Bajos, mi país natal, el sitio de noticias más popular insistió en los últimos meses en que Tel Aviv es la capital de Israel, además de proclamar escandalosamente que las mortíferas intifadas se dirigieron exclusivamente contra israelíes en lo que denominó «territorios ocupados».

A pesar de esto, como demuestran los esfuerzos iraníes por intimidarnos a mis colegas y a mí, 2022 marcó un importante punto de inflexión en la lucha por recuperar la capacidad de disuasión de Israel en el campo de batalla de los medios de comunicación. De hecho, los medios de comunicación son más cuidadosos y sensibles en lo que publican, sabiendo que las ONG pro-Israel vigilan de cerca su trabajo.

Los medios de comunicación deben saber que en 2023 seguiremos desenmascarando a los periodistas partidarios que utilizan su plataforma para promover una agenda antiisraelí en lugar de proporcionar información sin sesgos a sus lectores.

 

 

Van Koningsveld es editor de HonestReporting, que supervisa la cobertura de Israel en los principales medios de comunicación internacionales y en las redes sociales.

 

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Opinión

Opinión. ¿Puede Joe Biden salvar a Israel?

La crisis actual en Israel puede ser presentada a Biden como un asunto constitucional interno del que debería mantenerse al margen. Todo lo contrario, Biden debería meterse, porque el resultado tiene implicaciones directas para los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos. Ambos países son amigos, pero una de las partes de esta amistad está cambiando su carácter fundamental, violando los intereses y valores de la otra.

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Abir Sultan/EPA, via Shutterstock.

Artículo publicado por Thomas L. Friedman en The New York Times.

Agencia AJN.- Si pudiera hacer llegar a la mesa del presidente Biden un memorándum sobre el nuevo gobierno israelí, sé exactamente cómo empezaría:

Estimado Sr. Presidente: No sé si le interesa la historia judía, pero la historia judía está ciertamente interesada en usted hoy. Israel está al borde de una transformación histórica: de una democracia de pleno derecho a algo menos, y de una fuerza estabilizadora en la región a una desestabilizadora. Usted puede ser el único capaz de impedir que el Primer Ministro Benjamín Netanyahu y su coalición extremista conviertan a Israel en un bastión antiliberal de fanatismo.

También le diría a Biden que me temo que Israel se acerca a un grave conflicto civil interno. Los conflictos civiles rara vez tienen que ver con una política. Suelen girar en torno al poder. Durante años, los encarnizados debates en Israel sobre los Acuerdos de Oslo giraron en torno a la política. Pero hoy, este enfrentamiento latente gira en torno al poder: quién puede decir a quién cómo vivir en una sociedad tan diversa.

La historia resumida: Un gobierno ultranacionalista y ultraortodoxo, formado después de que Netanyahu ganara las elecciones por la mínima diferencia de votos (unos 30.000 de unos 4,7 millones), está impulsando una toma de poder que la otra mitad de los votantes considera no sólo corrupta, sino también una amenaza para sus propios derechos civiles. Por eso, una manifestación antigubernamental de 5.000 personas aumentó a 80.000 durante el fin de semana pasado.

El Israel que conoció Joe Biden está desapareciendo y está surgiendo un nuevo Israel. Muchos ministros de este gobierno son hostiles a los valores estadounidenses, y casi todos son hostiles al Partido Demócrata. Netanyahu y su ministro de Asuntos Estratégicos, Ron Dermer, habían conspirado con los republicanos para urdir el discurso de Netanyahu en el Congreso en 2015 en contra de los deseos y las políticas de Biden y del presidente Barack Obama. Les gustaría ver a un republicano en la Casa Blanca y prefieren el apoyo de los cristianos evangélicos frente a los judíos liberales.

La crisis actual en Israel puede ser presentada a Biden como un asunto constitucional interno del que debería mantenerse al margen. Todo lo contrario. Biden debería meterse de lleno (como hizo Netanyahu) porque el resultado tiene implicaciones directas para los intereses de seguridad nacional de Estados Unidos. No me hago ilusiones de que Biden pueda invertir las tendencias más extremas que están surgiendo actualmente en Israel, pero puede llevar las cosas por un camino más saludable, y quizá evitar lo peor, con un poco de amor duro como no puede hacerlo ninguna otra persona de fuera.

La crisis más urgente es la siguiente: Los tribunales de Israel, encabezados por su Tribunal Supremo, fueron en gran medida feroces protectores de los derechos humanos, y en particular de los derechos de las minorías. Estas minorías incluyen a ciudadanos árabes, ciudadanos LGBTQ+, e incluso judíos reformistas y conservadores que quieren la misma libertad y derechos de práctica religiosa que disfrutan los judíos ortodoxos y ultraortodoxos. Además, dado que el Tribunal Supremo de Israel revisa las acciones de todos los poderes ejecutivos, incluido el militar, en ocasiones protegió los derechos de los palestinos, incluso proporcionándoles protección contra los abusos de los colonos israelíes y la expropiación ilegal de su propiedad privada.

Pero este gobierno de Netanyahu pretende alterar radicalmente la situación en Cisjordania, anexionándola de hecho sin declararlo oficialmente. Y el plan sólo tiene un gran obstáculo: el Tribunal Supremo y las instituciones jurídicas de Israel.

Como resumió The Times of Israel, la reforma judicial que Netanyahu pretende hacer aprobar a la Knesset (Parlamento) «otorgaría al gobierno el control total sobre el nombramiento de jueces, incluidos los del Tribunal Supremo», sustituyendo un proceso de nombramiento judicial mucho menos partidista y profesional. La reforma también limitaría gravemente «la capacidad del alto tribunal para anular leyes» -especialmente las que pudieran restringir los derechos de las minorías de Israel- «y permitiría a la Knesset», ahora controlada por Netanyahu, «volver a legislar» las leyes anuladas por el tribunal.

La reforma también reduciría la independencia de los organismos de control jurídico de cada ministerio: En lugar de depender del fiscal general, pasarían a ser designados por cada ministro.

En resumen, el poder ejecutivo de Israel asumiría el control de su poder judicial. Todo esto se está haciendo en un momento en que el propio Netanyahu está siendo juzgado por cargos de soborno, fraude y abuso de confianza en tres casos presentados por su propio fiscal general.

A principios de este mes, Moshe Ya’alon, ex ministro de Defensa del ala derechista de Netanyahu y ex jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, tuiteó que las «reformas» judiciales de Netanyahu revelaban «las verdaderas intenciones de un acusado criminal» que está «dispuesto a incendiar el país y sus valores para escapar del banquillo de los acusados. Quién hubiera creído que menos de 80 años después del Holocausto que azotó a nuestro pueblo, se establecería en Israel un gobierno criminal, mesiánico, fascista y corrupto, cuyo objetivo es rescatar a un criminal acusado».

Benjamin Netanyahu at a press conference at the prime minister’s office in January.

Netanyahu, por supuesto, dice que esto es lo más alejado de su mente – Dios no lo quiera.

Israel, al no tener una constitución formal, se rige por un conjunto muy complejo de controles y equilibrios legales que evolucionaron a lo largo de décadas. Los expertos jurídicos me dicen que hay argumentos a favor de algunos cambios en el poder judicial. Pero hacerlo a la manera de Netanyahu -no mediante una convención nacional no partidista, sino con el Tribunal Supremo despojado de poderes por el gobierno más radical de la historia israelí y sabiendo que el caso penal de Netanyahu podría acabar ante el alto tribunal- apesta.

Para decirlo en términos estadounidenses, sería como si Richard Nixon intentara ampliar el Tribunal Supremo de Estados Unidos con jueces pro-Nixon durante la investigación penal del Watergate.

La actual presidenta del Tribunal Supremo de Israel, Esther Hayut, declaró la semana pasada que la revisión propuesta por Netanyahu «destrozará el sistema judicial y es, de hecho, un ataque desenfrenado». Además, grupos de pilotos retirados de las fuerzas aéreas, ejecutivos de alta tecnología, abogados y jueces retirados de izquierda y derecha, incluidos algunos jueces retirados del Tribunal Supremo, firmaron cartas diciendo básicamente lo mismo.

Estados Unidos proporcionó a Israel cantidades extraordinarias de ayuda económica, información confidencial, nuestras armas más avanzadas y un respaldo prácticamente automático contra las resoluciones tendenciosas de la ONU. También nos opusimos durante mucho tiempo a cualquier acción legal por parte de las instituciones internacionales, basándonos en el argumento de que Israel tiene un sistema judicial independiente que -no siempre, pero sí muchas veces- aplicó de forma creíble las normas aceptadas del derecho internacional al gobierno y al ejército de Israel, incluso cuando eso significaba proteger los derechos de los palestinos.

Antes de que Netanyahu consiga someter al Tribunal Supremo de Israel, Biden tiene que decírselo de manera directa:

Bibi, estás pisoteando los intereses y valores estadounidenses. Necesito saber algunas cosas tuyas ahora mismo, y tú necesitas saber algunas cosas de mí. Necesito saber: ¿Es el control israelí de Cisjordania una cuestión de ocupación temporal o de una incipiente anexión, como defienden los miembros de tu coalición? Porque no seré un chivo expiatorio para eso. Necesito saber si realmente va a poner sus tribunales bajo su autoridad política de forma que Israel se parezca más a Turquía y Hungría, porque no seré un chivo expiatorio para eso. Necesito saber si sus ministros extremistas cambiarán el statu quo en el Monte del Templo. Porque eso podría desestabilizar a Jordania, a la Autoridad Palestina y los Acuerdos de Abraham, lo que realmente perjudicaría los intereses de Estados Unidos. No seré un chivo expiatorio para eso.

Aquí está mi conjetura de cómo Netanyahu respondería:

Joe, Joey, mi viejo amigo, no me presiones con estas cosas ahora. Soy el único que frena a estos locos. Tú y yo, Joe, podemos hacer historia juntos. Unamos nuestras fuerzas no sólo para disuadir las capacidades nucleares de Irán, sino para ayudar -de cualquier forma posible- a los manifestantes iraníes que intentan derrocar al régimen clerical de Teherán. Y forjemos, tú y yo, un acuerdo de paz entre Israel y Arabia Saudita. Mohamed bin Salmán está listo si puedo persuadirte de que des a Arabia Saudita garantías de seguridad y armas avanzadas. Hagamos eso y luego me desharé de estos locos.

Aplaudo ambos objetivos de política exterior, pero no pagaría por ellos con una permisión de Estados Unidos al golpe de estado judicial de Netanyahu. Si lo hacemos, sembraremos el viento y cosecharemos el torbellino.

Israel y Estados Unidos son amigos. Pero hoy, una de las partes de esta amistad -Israel- está cambiando su carácter fundamental. El presidente Biden, de la forma más cariñosa pero clara posible, tiene que declarar que estos cambios violan los intereses y valores de Estados Unidos y que no vamos a ser los idiotas útiles de Netanyahu y quedarnos sentados en silencio.

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