Seguinos en las redes

Opinión

Doblegándose ante el COVID-19, Israel se encuentra al borde de la catástrofe. Por David Horovitz*

Agencia AJN.- Las tasas de contagio, el número de casos graves y la cantidad de muertes son serias y continúan empeorando. No son todavía exponenciales, pero lo serán pronto ante la ausencia de una estrategia coherente y creíble.

Publicada

el

CORONAVIRUS

Agencia AJN.- Israel está al borde de la catástrofe.

Habiendo comenzado tan bien su batalla contra COVID-19, se encuentra en los últimos días con una tasa de mortalidad per cápita más alta que la de los Estados Unidos. Tiene una tasa diaria de nuevos casos confirmados más alta que en cualquier otro lugar del mundo. Su tasa de positividad en las pruebas sigue en aumento, con un 40 por ciento de los casos más recientes diagnosticados entre la comunidad ultraortodoxa.

Hay más de 800 casos graves en nuestros hospitales -el nivel, según han dicho especialistas durante meses, en el que el servicio de salud se vería totalmente desbordado-, lo que provocó una directiva de emergencia del Director General del Ministerio de Salud, Chezy Levy, para disponer 1.500 camas más en los hospitales de todo el país para los pacientes de COVID-19.

Con una capacidad de resolución frecuentemente innovadora, Israel se ha visto expuesto como un mal estratega y planificador en esta pandemia, encorsetado por su gobierno demasiado grande y disfuncional, que pasa días discutiendo sobre las regulaciones que luego cambia de semana en semana – jugando con un público que está perdiendo su salud (física y mental), sus ingresos y su libertad de movimiento.

Las filtraciones de estos maratones de reuniones de gabinete apuntan a interminables discusiones entre ministros, con implacables alegaciones de que el Primer Ministro Benjamin Netanyahu y algunos de sus leales seguidores han tratado de desviar la toma de decisiones, tanto para tratar de centrarse en las restricciones que frustrarían las manifestaciones masivas en su contra, como para evitar o retrasar las medidas que harían enojar a los partidos políticos ultraortodoxos.

En vísperas del Iom Kipur, imploramos al público que redescubriera el espíritu de responsabilidad social que ayudó a reducir el impacto de la primera ola de la pandemia. En los pocos días que han transcurrido desde entonces, parece que está ocurriendo lo contrario, ya que el Gobierno y la Knesset dedican aún más tiempo a promover los intereses partidistas, ante una ciudadanía amargada que pierde cada vez más la fe en sus dirigentes y se muestra cada vez más reacia a prestar atención a los reglamentos, que cambian con frecuencia. Algunos israelíes -incluidos algunos miembros de la comunidad ultraortodoxa, los más afectados por el virus- parecen haber decidido que pueden vivir o morir según sus propias reglas.

El martes, el ministro de Defensa Benny Gantz comparó la respuesta de Israel a la pandemia con su preparación, o la falta de ella, para la guerra de Iom Kipur de 1973, diciendo que una vez más la gente está muriendo porque los líderes fueron tomados por sorpresa. «En estos días, estamos en guerra en un campo de batalla completamente diferente», dijo Gantz. «Debemos admitir honestamente que esta vez, también, nos cogieron desprevenidos. Hemos hecho pasar hambre a nuestro excelente sistema de salud durante años. No hemos respondido adecuadamente. Esta vez, también, pagaremos el precio, y el precio será medido en vidas». Añadió, sin embargo, que «esta vez también ganaremos, todos unidos».

Para que eso suceda, necesitamos una ecuación simplificada: el público debe centrarse en evitar las grandes reuniones, especialmente en interiores, mantener el distanciamiento social y usar máscaras. Y el gobierno necesita organizarse estratégicamente para presentar un camino convincente y coherente para luchar contra el contagio y permitir una salida gradual del encierro, incluso acelerando la tarea crucial, entregada tardíamente a las FDI, de establecer procedimientos eficientes de seguimiento y localización para detener rápidamente las cadenas de contagio.

Está de más decir -pero evidentemente no es así- que no corresponde a nuestras docenas de ministros discutir durante días sobre los detalles de esta ruta que tenemos por delante, sino que la estrategia debe ser formulada por un equipo de expertos de todos los campos pertinentes, y las recomendaciones deben ser presentadas a continuación para el debate y la aprobación del gabinete responsable.

Nuestros nuevos casos diarios han aumentado de unos 1.000 hace tres meses, a 2.000 hace dos meses, hasta 3.000 a 4.000 y, últimamente, hasta 7.000, 8.000 y, el jueves, unos 9.000. Nuestro número de muertos ha saltado de 1.000 a 1.500 en apenas tres semanas. Estas estadísticas son profundamente preocupantes. Pero no son exponenciales. Todavía no lo son.

Los índices de contagio, el número de casos graves y el número de muertes serán exponenciales, sin embargo, si nuestros ministros, desde Netanyahu hacia abajo, no dejan de lado los intereses personales y partidistas, y urgentemente encargan, aprueban y explican una estrategia convincente para minimizar la devastación del COVID-19. Y si las fuerzas del orden no se centran en asegurar que todos los sectores de la población israelí respeten las restricciones clave. Y si el público, todo el público, no se da cuenta, citando al asediado jefe del Ministerio de Salud Levy, que estamos «casi en un punto de no retorno».

*El autor es editor fundador de The Times of Israel.

Dejá tu comentario

Opinión

El plan anti-inflacionario de Israel y la necesidad de la unidad nacional

En la década del 80, el laborismo y el Likud llevaron adelante un plan de estabilización que sentó las bases del estado moderno.

Publicado

el

Por

shimon-peres-

Por Mariano Caucino*

Acaso como consecuencia de las urgencias de la necesidad, en los años 80 los principales dirigentes políticos de Israel decidieron poner en marcha un plan anti-inflacionario que sentó las bases del estado moderno y pujante de nuestros días.

Corría el año 1984 cuando una elección prácticamente empatada determinó que los dos principales partidos políticos consiguieran un número casi equivalente de asientos en la Knesset (Parlamento) obligando a sus líderes a conformar un gobierno de unidad nacional.

Uniendo lo útil con lo conveniente, el laborismo y el Likud (derecha) decidieron un acuerdo de rotación en el cargo de Primer Ministro. Reservando las carteras clave de Defensa y Relaciones Exteriores para los jefes del partido político que no ocupaba la titularidad del gobierno.

Pero para entonces la economía estaba descontrolada. La inflación anualizada se acercaba a la escandalosa cifra de 400 por ciento. El déficit fiscal alcanzaba el quince por ciento del Producto Bruto y el país se asomaba peligrosamente al default de su deuda pública.

Las exigencias de la política exterior, la necesaria expansión de los gastos de defensa y la crisis energética de los años 70 habían determinado un exponencial aumento del peso del gasto público sobre el PBI.

La hora pondría a Shimon Peres frente a un desafío histórico. En el verano de ese año, el laborista había alcanzado el acuerdo de rotación por el cual serviría como premier durante la primera mitad del mandato de cuatro años y sería sucedido por quien hasta entonces había sido líder de la oposición en el último bienio.

Fue entonces cuando Peres y sus socios encontraron que la necesidad podía brindar una oportunidad de resolver el persistente drama económico del país. Un equipo de economistas liderados por quien sería gobernador del Banco de Israel (Banco Central), Michael Bruno, pondrían en marcha el llamado “Programa Económico de Estabilización”. El mismo contemplaba una drástica reducción del déficit fiscal a través de una decidida reducción de los subsidios, una devaluación de la moneda local (Shekel) de un 20 por ciento y un congelamiento de precios, salarios y la tasa de cambio. Una brusca elevación de la tasa de interés puso en riesgo la posibilidad de hundir al país en una profunda recesión y un aumento del desempleo.

El programa tenía todos los componentes como para ser altamente impopular. Pero Peres era un hábil negociador. Y mediante un acuerdo con la Histadrut (la mayor central obrera) lograría que los salarios se ajustaran de acuerdo con un sistema controlado de incrementos homologado con las metas de inflación.

Peres se garantizaría la asistencia fundamental del gobierno de los Estados Unidos. A la vez que la Administración Reagan firmaría en 1985 el primer acuerdo de libre comercio con Israel y vería con buenos ojos que un grupo de economistas norteamericanos -entre los que se destacaría Stanley Fischer- pasase a asesorar a su gobierno.

El momento decisivo tendría lugar el 1 de julio de 1985, cuando Peres empleó todo su poder de persuasión durante una interminable reunión de gabinete que se extendió durante casi veinte horas hasta lograr que los ministros aprobaran su ambicioso pero controvertido programa anti-inflacionario. Aquel día lograría que los propios ministros del Likud acompañaran su política. Uno de ellos era nada menos que quien sería su sucesor, Yitzhak Shamir, quien entonces ocupaba la cartera de Relaciones Exteriores.

El programa implicaba un paquete de medidas tendientes a recuperar la economía del país y que abrirían las puertas al Israel moderno de nuestros días, a través de un abandono de las rigideces del modelo colectivista cuasi-socialista de los los años 50 y 60. Una política no exenta de dificultades. Al extremo que entrañaba nada menos que adoptar la dolorosa medida de sacrificar el fomento a los tradicionales kibutz.

Un socialista como Peres había comprendido la gravedad de la situación. El alza de los precios se había espiralizado y se deslizaba peligrosamente a la hiperinflación. El déficit del gobierno debía ser reducido drásticamente. Cuatro de los cinco principales bancos del país habían sido nacionalizados y las reservas internacionales se acercaban a cero. El país necesitaba abandonar el intervencionismo estatal y desregular el funcionamiento de su economía.

El programa tendría un éxito extraordinario. En pocos meses la inflación se reduciría al 20 por ciento anual y el desempleo subiría pero en una proporción infinitamente menor a la esperada (poco más de un punto entre 1984 y 1986).

El triunfo de la política anti-inflacionaria terminaría de consolidarse cuando en 1986 Peres fue reemplazado por Shamir, en cumplimiento del acuerdo de rotación en el cargo de Primer Ministro. El líder del Likud había comprendido que la lucha contra la inflación debía tomarse como una política de Estado. En la década siguiente se ubicó por debajo del 10 por ciento. Y nunca más superó el cinco por ciento.

Stanley Fischer -quien luego sería titular del Banco Central israelí- explicó años más tarde que el programa israelí había tenido la audacia de combinar inteligentemente elementos ortodoxos y heterodoxos. Por caso, había reunido políticas fiscales de recortes de gastos con congelamientos de precios.

Casi cuatro décadas después de poner en marcha su programa de estabilización y crecimiento, Israel es hoy uno de los países más pujantes del mundo. Y pese a su reducida población y su difícil contexto geopolítico, se ha elevado entre las naciones más desarrolladas, dinámicas e innovadoras del mundo actual.

Cuando tuve el honor de servir a mi país como embajador en Israel durante el gobierno del Presidente Mauricio Macri pude comprobar el orgullo que la clase dirigente israelí tiene por la capacidad de encontrar acuerdos a pesar de las diferencias. Una habilidad frecuentemente alcanzada en las áreas cruciales del manejo económico y en materia de Defensa.

Mientras tanto, con dolor advierto cómo entre nosotros podemos estar tan lejos de ese espíritu de unidad ante la adversidad. Y cómo no podemos superar el triste espectáculo al que asistimos, en el que peleas y disputas por minúsculas motivaciones nos hunden día a día. A menudo fabricando problemas donde no los hay y atándonos irracionalmente al estancamiento y la postración.

De pronto atrapados por una pasión mal entendida que clausura la búsqueda de fórmulas de entendimiento para superar el dramático presente y revertir el camino de decadencia al que no podemos resignarnos.

*Especialista en relaciones internacionales. Ex embajador en Israel y Costa Rica.

Fuente: Infobae

Seguir leyendo

Opinión

¿Planea Hamás hacerse con el control de Cisjordania? – Análisis

Según algunos informes, las fuerzas de seguridad de la AP incautaron de grandes cantidades de armas y explosivos en la localidad de Beitunia, al suroeste de Ramallah, que pertenecían a una célula de Hamás.

Publicado

el

Por

ja
Estudiantes palestinos con banderas de Hamás durante una manifestación en la Universidad de Birzeit, cerca de Ramallah, la semana pasada. (Crédito de la foto: FLASH90)

Agencia AJN.- Hamás está planeando dar un golpe de estado no violento contra la Autoridad Palestina (AP)tomando el control de universidades, sindicatos y otras instituciones en Cisjordania, advirtió Tawfik Tirawi, ex jefe del Servicio General de Inteligencia de la AP.

La advertencia se produjo tras la victoria de Hamás en las recientes elecciones al consejo estudiantil de la Universidad de Bir Zeit, al norte de Ramallah, y en algunos sindicatos profesionales.

También se afirmó que varios miembros de Hamás de la zona de Ramallah planearon llevar a cabo ataques contra instalaciones civiles y de seguridad clave de la AP. Según algunos informes, las fuerzas de seguridad de la AP incautaron grandes cantidades de armas y explosivos en la localidad de Beitunia, al suroeste de Ramallah, que pertenecían a una célula de Hamás.

Hamás negó cualquier relación con las armas.

Un alto funcionario palestino dijo a The Jerusalem Post que la AP informó a Egipto y a otras partes árabes y extranjeras sobre el supuesto golpe de Hamás.

Tirawi expresó su «pesar» por el hecho de que algunos palestinos estén ayudando a Hamás en su esfuerzo por extender el control más allá de la Franja de Gaza.

«Desgraciadamente, Hamás está trabajando con algunos hermanos de la OLP y otras facciones palestinas, a las que respeto», expresó Tirawi, miembro del Comité Central de Fatah, el órgano de decisión de la facción gobernante encabezado por el presidente de la AP, Mahmud Abbas. «Quieren tomar el control de las universidades, los sindicatos, los gremios y los consejos municipales [en Cisjordania]. Quieren controlar todas las instituciones palestinas», agregó.

Tirawi explicó que una vez que Hamás se haga con el control de estos organismos mediante elecciones, será difícil argumentar que la toma de posesión no fue legítima.

«Nadie podrá argumentar que son ilegítimos, ni los estadounidenses ni los árabes ni los palestinos, porque Hamás llegó [al poder] mediante elecciones. Después de que Hamás se haga con el control de estas instituciones, iniciarán huelgas y perturbarán la vida normal. Provocarán el colapso de cualquier gobierno [de la AP]», señaló Tirawi.

Recientemente, la lista del Bloque Islámico, afiliado a Hamás, obtuvo una victoria aplastante en las elecciones al consejo estudiantil de la Universidad de Bir Zeit. La victoria fue vista como una derrota humillante para Fatah.

«Hamás está haciendo un gran esfuerzo para hacerse con el control de muchas instituciones palestinas en Cisjordania, y hasta ahora parece que estos esfuerzos tuvieron éxito», detalló el experimentado funcionario de Al Fatah que anteriormente fue ministro del gobierno de la AP.

A principios de este año, Al Fatah perdió las elecciones al consejo estudiantil de la Universidad de Belén frente al Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), de carácter marxista.

Los partidarios de Hamás y del FPLP también derrotaron a Al Fatah en las elecciones de los sindicatos de farmacéuticos, médicos e ingenieros palestinos. Varios candidatos «independientes» apoyados por Hamás ganaron también en las últimas elecciones municipales, aunque boicoteadas por Hamás.

El mes pasado, estallaron violentos enfrentamientos entre estudiantes de Hamás y Fatah en la Universidad Nacional An-Najah de Nablus. Los guardias de seguridad de la universidad y los agentes de seguridad de la Autoridad Palestina fueron filmados golpeando a estudiantes y miembros de la facultad afiliados a Hamás.

La administración de la Universidad An-Najah se vio obligada posteriormente a dar marcha atrás en su decisión de expulsar a 10 estudiantes afiliados a Hamás que fueron acusados de iniciar la violencia.

Las renovadas conversaciones sobre el ostensible plan de Hamás para dar un golpe de Estado en Cisjordania son una muestra más de la continua tensión entre el movimiento islamista y Al Fatah.

La tensión alcanzó su punto álgido el 15 de junio de 2007, cuando Hamás se hizo con el control de la Franja de Gaza tras derrocar a la AP. Desde entonces se hicieron varios intentos de los países árabes e islámicos de poner fin a la rivalidad entre ambos movimientos.

A principios de esta semana, Abbas y el líder de Hamás, Ismail Haniyeh, se reunieron brevemente en Argelia durante la celebración del Día de la Independencia del país. Fuentes palestinas descartaron la posibilidad de que el encuentro, el primero de este tipo en seis años, condujera a una reconciliación entre Al Fatah y Hamás.

Los responsables de Hamás, por su parte, criticaron duramente a las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina por seguir reprimiendo a los partidarios del grupo en Cisjordania. Además, expresaron que las fuerzas de seguridad de la AP detuvieron a decenas de seguidores de Hamás en las últimas semanas, como parte de un plan para «silenciar e intimidar» a los críticos y opositores políticos de los dirigentes palestinos con sede en Ramallah.

Artículo publicado por Khaled Abu Toameh en The Jerusalem Post.

Seguir leyendo

Más leídas

WhatsApp Suscribite al Whatsapp!