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Opinión

Entre la desidia y la crítica: ¿Qué está pasando en Israel con la comunidad ultraortodoxa?

Agencia AJN.- Mientras amplios sectores de la ultraortodoxia se burlan de las restricciones de cierre para contener la pandemia, algunos llaman a sus pares a ser responsables, y piden al resto de los israelíes que entiendan que comparten su frustración.

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Agencia AJN (Por Haviv Rettig Gur, para The Times of Israel).- Este lunes, miles de ultraortodoxos marcharon en la ciudad de Ashdod para enterrar al rabino de la comunidad de Pittsburg, el rabino Mordechai Leifer, quien falleció a los 64 años.

Leifer había dirigido durante tres décadas una pequeña comunidad jasídica en el barrio Kiryat Pittsburg, en la ciudad del sur de Israel, que está entre las zonas consideradas “rojas” por el Ministerio de Salud, debido a sus altas tasas de contagio.

El rabino, demasiado joven en las jerarquías rabínicas jasídicas para ser bien conocido fuera de Ashdod, pero sin embargo un amado líder espiritual y compositor local, murió el domingo por complicaciones del COVID-19 después de contraer la enfermedad en agosto.

Pero nada de eso – ni la muerte del rabino, ni la propagación desenfrenada del virus que llevó al actual cierre nacional, ni siquiera el hecho de que el virus se estaba propagando especialmente rápido a través de la comunidad ultraortodoxa de Ashdod – impidió que miles de religiosos se amontonaran para su funeral, ignorando las restricciones del coronavirus y violando la ley en el proceso.

Muchos de esos “haredim”, como se los conoce en Israel, ni siquiera eran sus seguidores, y algunos – de nuevo en contravención de la ley – habían viajado desde otras ciudades para participar. Un rabino visitante, de la dinastía Sadigura, aprovechó el viaje para visitar el seminario local de su movimiento, publicando fotografías de la visita que mostraban la misma indiferencia ante las medidas de distanciamiento social, incluso en el corazón de una ciudad afectada por el virus.

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Los asistentes al funeral en Ashdod, amotinados alrededor de la ceremonia e ignorando los llamados de la policía.

Durante el funeral, un puñado de policías hizo todo lo posible por mantener a raya a la multitud, pero sólo consiguió que los congregantes formaran un círculo muy unido, fuera del alcance de los oficiales que estaban junto a la tumba. Cuando el funeral concluyó, algunos se resistieron a los esfuerzos de la policía para dispersar a la multitud e incluso comenzaron a amotinarse.

El evento, las violaciones, la extraña y casual indiferencia por las reglas del virus incluso en el funeral de un querido rabino abatido por ese mismo virus, parecen estar a la orden del día en partes significativas de la comunidad ultraortodoxa. No hay siquiera un día que no ofrezca otro ejemplo de desprecio por las restricciones del virus por parte de algún grupo u otro del sector más observante de la religión judía.

Nadie se sorprendió, entonces, cuando el zar del coronavirus del gobierno, Ronni Gamzu, le dijo al “gabinete del coronavirus”, como lo hizo el lunes, que los índices de morbilidad entre los ultraortodoxos son cuatro veces mayores que los de la población general, o que, siendo apenas el 12% de la población de Israel, los “haredim” son responsables del 40% de los nuevos casos que se detectan.

Las expresiones de resentimiento por el comportamiento de los ultraortodoxos están muy extendidas entre el sector secular, como era de esperarse. Incluso aquellos que se esfuerzan por explicar con simpatía las brechas culturales que impulsan la resistencia de la comunidad al distanciamiento social – la centralidad de la oración y el ritual comunitario, las familias numerosas hacinadas en pequeños apartamentos en esa población empobrecida, el sistema de educación religiosa basado en formas tradicionales de estudio textual individual – se quedan atónitos ante las violaciones desenfrenadas.

Pero hay otro grupo preocupado y frustrado por el comportamiento de los ultraortodoxos: los propios miembros de la comunidad, cuyo reconocimiento de los fracasos de su población para hacer frente a la pandemia, y la frustración y desesperación que los acompañan, dominan ahora sus medios de comunicación y su política. Las acusaciones de traición se suceden a través de los debates internos de la comunidad.

Enojo con los “moysrim”

A principios de esta semana, un analista político ultraortodoxo tenía una explicación para la creciente ira entre los israelíes seculares por el incumplimiento generalizado de las restricciones del coronavirus. «Seamos claros. Los periodistas que documentan exhaustivamente las reuniones masivas son los que causan la incitación al odio contra el público ortodoxo», escribió en Twitter Ishay Cohen, analista político de Kikar Hashabat, un importante medio de comunicación religioso.

«Todos deberían actuar de acuerdo con los dictados de sus rabinos, incluso si no entendemos su camino. Pero no hay ningún mandamiento para publicar videos de ‘jasidim’ reuniéndose en contravención de las restricciones. Eso es sólo para incitar al repudio de los seculares», dijo, refiriéndose a las sectas jasídicas que abiertamente, y bajo las instrucciones de sus rabinos, desobedecen las reglas de distanciamiento social.

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La policía intenta alejar a los ultraortodoxos durante el funeral del rabino Leisher en Ashdod.

En otras palabras, una cosa es que su rabino le diga que está bien desobedecer las directrices, pero otra muy distinta es que se muestre la violación a todo el país.

Uno de los usuarios de Twitter que respondió a la frustración de Cohen fue Dudi Zilbershlag, uno de los operadores políticos más conocidos de la comunidad ultraortodoxa israelí, un exitoso ex estratega político de Benjamin Netanyahu, Ehud Barak y Ehud Olmert, fundador de medios de comunicación religiosos, y una voz importante en los asuntos de la ortodoxia en el panorama mediático más amplio de Israel.

«Cuestiono la nobleza de sus intenciones», dijo Zilbershlag sobre los autores de los videos que muestran las violaciones de las reglas a redes sociales. «Esta es su manera de salir y hacer daño, y el daño es terrible», acusó.

“Moysrim” es una connotación negativa para llamar a los informantes, proveniente de como se identificaba a quienes delatarían a sus compañeros judíos ante un comisario zarista antisemita. El término se oye ahora en el lenguaje ortodoxo en referencia a aquellos que notifican a la policía de Israel sobre grandes reuniones, y para aquellos que, en su afán de difundir el mensaje de su rabino en cada acto, terminan extendiendo una creciente ira por el incumplimiento de las reglas de su comunidad.

La acusación de Zilbershlag, entonces, es asombrosa. Cohen está enojado con ciertos sectores jasídicos, no sólo por romper las reglas, sino por hacer alarde de ese hecho en las redes y, por lo tanto, alimentar el resentimiento contra ellos. La respuesta de Zilbershlag, en cambio, es que lo están haciendo a propósito. Es decir, que hay miembros de la comunidad que generan intencionadamente el odio hacia ellos mismos por parte del resto de la población israelí.

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No hay escapatoria

Durante la epidemia de cólera que azotó su ciudad de Vilna en 1848, el rabino Israel Salanter dijo a sus seguidores que se les permitía comer en pequeñas porciones durante el ayuno de Iom Kipur si temían que la estricta observancia del ayuno los debilitara y los hiciera más susceptibles a la enfermedad.

Según un relato posterior de la decisión de su hijo Yitzhak Lipkin, el gran sabio lituano se preocupaba no sólo por la salud de su comunidad sino también por su reputación. Temía que un ayuno que debilitara a sus seguidores durante una epidemia llevara a los no judíos a decir «que es por la fe de Israel por lo que se trajeron la enfermedad a sí mismos».

La ultraortodoxia es un fenómeno extraño. No es un juicio subjetivo desde fuera, es una de las partes elementales del propósito consciente de la comunidad: ser extraño. Los rabinos explican que se visten de forma diferente a la comunidad que los rodea, no sólo porque sus antepasados lo hicieron, o por alguna restricción específica de la ley religiosa, sino también simplemente para sobresalir, para ser representantes visibles y portadores de una tradición que, como ellos, está separada de la vida cotidiana y de las vicisitudes de la historia que tiene lugar a su alrededor.

Los sociólogos que estudian la sociedad “haredi” hablan de la vestimenta única y otras formas de extrañeza deliberada como estrategias para afirmar y fortalecer la cohesión del grupo. Las barreras de apariencia y cultura entre ellos y el mundo exterior sirven para señalar la lealtad a los que están dentro del círculo.

En los estudios, los ultraortodoxos informan de altos niveles de satisfacción y felicidad en la vida, en gran medida debido al sentido de solidaridad inculcado por esta distinción deliberada.

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Ultraortodoxos rezando eñ «Tashlish» previo a Iom Kipur en el Río Hayarkón, de Tel Aviv.

En definitiva, los ultraortodoxos no son inconscientes de cómo se presentan al mundo exterior, sino que esa conciencia es central en su cultura.

También explica por qué un analista como Zilbershlag puede acusar a algunos reporteros de provocar deliberadamente un sentimiento anti-ortodoxo en el resto de la sociedad israelí. Hay quienes creen que las barreras deberían ser más altas.

Desgraciadamente, dicen prominentes periodistas ortodoxos, tales estrategias tienden a funcionar.

«Es fácil vernos», lamentó Yossi Elituv, editor de Mishpacha, el semanario “haredi” más leído, en una entrevista con el Canal 12 el lunes. «Vamos de negro, tenemos nuestros sombreros de copa». Los medios de comunicación, acusó, a menudo muestran a ultraortodoxos cuando cubren las historias de coronavirus sin otra razón que las imágenes convincentes producidas por su distintivo vestuario.

Y eso tiene un costo. «Cuando tienes un gobierno que no funciona, que enfrenta a los israelíes entre sí, y cuando periodistas quieren contar una historia sobre un país entero que se ha derrumbado en los últimos siete meses, sobre un liderazgo que huyó a sus propias luchas privadas, dejando al resto de la nación desangrándose… Entonces de repente encuentras a los ‘haredim’», explica Elituv, argumentando que se los señala como chivos expiatorios.

Su mera visibilidad, cree Elituv, los convierte en un conveniente sustituto para un colapso más amplio, y eso ha llevado a una respuesta predecible de los mismos ultraortodoxos: «En los últimos siete meses, la confianza de los ciudadanos ‘haredim’ en cualquier cosa más allá de su comunidad se ha derrumbado».

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Aryeh Erlich, una personalidad mediática ultraortodoxa que presenta un programa de entrevistas en Radio Israel, cuenta una historia similar. «Los Haredim son una comunidad muy distintiva, pintada en una paleta muy identificable. Se les puede localizar fácilmente en una sinagoga, fotografiarles con sus shtreimels y sombreros de copa, grabar los tishes [comidas de celebración en la mesa del rabino]… No son sólo israelíes normales que ignoran las restricciones en la playa o en el parque, porque eso no es una historia, es sólo un ciudadano desobedeciendo, en cambio con los ultraortodoxos se trata de una comunidad entera», dijo.

Y los ultraortodoxos están frustrados. «El debilitamiento de la adherencia a las reglas es una respuesta humana natural a casi ocho meses de asfixia. Recuerden que en la Pascua no se abrió ni una sola sinagoga, ni un solo tish, nada. Pero el tiempo pasa, la situación se reevalúa, la naturaleza humana tiende a minimizarla, y el resultado es una relajación generalizada», dijo Erlich.

Un ansioso agotamiento se ha apoderado de amplias franjas de la comunidad israelí ultraortodoxa, que se siente singularmente amenazada por la pandemia y el encierro. Los periodistas y líderes no saben cómo hacer que sus comunidades respeten las restricciones establecidas por el gobierno, incluso cuando el virus recorre un camino mortal a través de sus vecindarios, talando a miembros de la familia y a queridos rabinos.

Saben, aguda y visceralmente, lo mal que se ven ante los demás. Y no tienen ni la menor idea de qué hacer al respecto.

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Opinión

El plan anti-inflacionario de Israel y la necesidad de la unidad nacional

En la década del 80, el laborismo y el Likud llevaron adelante un plan de estabilización que sentó las bases del estado moderno.

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Por Mariano Caucino*

Acaso como consecuencia de las urgencias de la necesidad, en los años 80 los principales dirigentes políticos de Israel decidieron poner en marcha un plan anti-inflacionario que sentó las bases del estado moderno y pujante de nuestros días.

Corría el año 1984 cuando una elección prácticamente empatada determinó que los dos principales partidos políticos consiguieran un número casi equivalente de asientos en la Knesset (Parlamento) obligando a sus líderes a conformar un gobierno de unidad nacional.

Uniendo lo útil con lo conveniente, el laborismo y el Likud (derecha) decidieron un acuerdo de rotación en el cargo de Primer Ministro. Reservando las carteras clave de Defensa y Relaciones Exteriores para los jefes del partido político que no ocupaba la titularidad del gobierno.

Pero para entonces la economía estaba descontrolada. La inflación anualizada se acercaba a la escandalosa cifra de 400 por ciento. El déficit fiscal alcanzaba el quince por ciento del Producto Bruto y el país se asomaba peligrosamente al default de su deuda pública.

Las exigencias de la política exterior, la necesaria expansión de los gastos de defensa y la crisis energética de los años 70 habían determinado un exponencial aumento del peso del gasto público sobre el PBI.

La hora pondría a Shimon Peres frente a un desafío histórico. En el verano de ese año, el laborista había alcanzado el acuerdo de rotación por el cual serviría como premier durante la primera mitad del mandato de cuatro años y sería sucedido por quien hasta entonces había sido líder de la oposición en el último bienio.

Fue entonces cuando Peres y sus socios encontraron que la necesidad podía brindar una oportunidad de resolver el persistente drama económico del país. Un equipo de economistas liderados por quien sería gobernador del Banco de Israel (Banco Central), Michael Bruno, pondrían en marcha el llamado “Programa Económico de Estabilización”. El mismo contemplaba una drástica reducción del déficit fiscal a través de una decidida reducción de los subsidios, una devaluación de la moneda local (Shekel) de un 20 por ciento y un congelamiento de precios, salarios y la tasa de cambio. Una brusca elevación de la tasa de interés puso en riesgo la posibilidad de hundir al país en una profunda recesión y un aumento del desempleo.

El programa tenía todos los componentes como para ser altamente impopular. Pero Peres era un hábil negociador. Y mediante un acuerdo con la Histadrut (la mayor central obrera) lograría que los salarios se ajustaran de acuerdo con un sistema controlado de incrementos homologado con las metas de inflación.

Peres se garantizaría la asistencia fundamental del gobierno de los Estados Unidos. A la vez que la Administración Reagan firmaría en 1985 el primer acuerdo de libre comercio con Israel y vería con buenos ojos que un grupo de economistas norteamericanos -entre los que se destacaría Stanley Fischer- pasase a asesorar a su gobierno.

El momento decisivo tendría lugar el 1 de julio de 1985, cuando Peres empleó todo su poder de persuasión durante una interminable reunión de gabinete que se extendió durante casi veinte horas hasta lograr que los ministros aprobaran su ambicioso pero controvertido programa anti-inflacionario. Aquel día lograría que los propios ministros del Likud acompañaran su política. Uno de ellos era nada menos que quien sería su sucesor, Yitzhak Shamir, quien entonces ocupaba la cartera de Relaciones Exteriores.

El programa implicaba un paquete de medidas tendientes a recuperar la economía del país y que abrirían las puertas al Israel moderno de nuestros días, a través de un abandono de las rigideces del modelo colectivista cuasi-socialista de los los años 50 y 60. Una política no exenta de dificultades. Al extremo que entrañaba nada menos que adoptar la dolorosa medida de sacrificar el fomento a los tradicionales kibutz.

Un socialista como Peres había comprendido la gravedad de la situación. El alza de los precios se había espiralizado y se deslizaba peligrosamente a la hiperinflación. El déficit del gobierno debía ser reducido drásticamente. Cuatro de los cinco principales bancos del país habían sido nacionalizados y las reservas internacionales se acercaban a cero. El país necesitaba abandonar el intervencionismo estatal y desregular el funcionamiento de su economía.

El programa tendría un éxito extraordinario. En pocos meses la inflación se reduciría al 20 por ciento anual y el desempleo subiría pero en una proporción infinitamente menor a la esperada (poco más de un punto entre 1984 y 1986).

El triunfo de la política anti-inflacionaria terminaría de consolidarse cuando en 1986 Peres fue reemplazado por Shamir, en cumplimiento del acuerdo de rotación en el cargo de Primer Ministro. El líder del Likud había comprendido que la lucha contra la inflación debía tomarse como una política de Estado. En la década siguiente se ubicó por debajo del 10 por ciento. Y nunca más superó el cinco por ciento.

Stanley Fischer -quien luego sería titular del Banco Central israelí- explicó años más tarde que el programa israelí había tenido la audacia de combinar inteligentemente elementos ortodoxos y heterodoxos. Por caso, había reunido políticas fiscales de recortes de gastos con congelamientos de precios.

Casi cuatro décadas después de poner en marcha su programa de estabilización y crecimiento, Israel es hoy uno de los países más pujantes del mundo. Y pese a su reducida población y su difícil contexto geopolítico, se ha elevado entre las naciones más desarrolladas, dinámicas e innovadoras del mundo actual.

Cuando tuve el honor de servir a mi país como embajador en Israel durante el gobierno del Presidente Mauricio Macri pude comprobar el orgullo que la clase dirigente israelí tiene por la capacidad de encontrar acuerdos a pesar de las diferencias. Una habilidad frecuentemente alcanzada en las áreas cruciales del manejo económico y en materia de Defensa.

Mientras tanto, con dolor advierto cómo entre nosotros podemos estar tan lejos de ese espíritu de unidad ante la adversidad. Y cómo no podemos superar el triste espectáculo al que asistimos, en el que peleas y disputas por minúsculas motivaciones nos hunden día a día. A menudo fabricando problemas donde no los hay y atándonos irracionalmente al estancamiento y la postración.

De pronto atrapados por una pasión mal entendida que clausura la búsqueda de fórmulas de entendimiento para superar el dramático presente y revertir el camino de decadencia al que no podemos resignarnos.

*Especialista en relaciones internacionales. Ex embajador en Israel y Costa Rica.

Fuente: Infobae

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Opinión

¿Planea Hamás hacerse con el control de Cisjordania? – Análisis

Según algunos informes, las fuerzas de seguridad de la AP incautaron de grandes cantidades de armas y explosivos en la localidad de Beitunia, al suroeste de Ramallah, que pertenecían a una célula de Hamás.

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Estudiantes palestinos con banderas de Hamás durante una manifestación en la Universidad de Birzeit, cerca de Ramallah, la semana pasada. (Crédito de la foto: FLASH90)

Agencia AJN.- Hamás está planeando dar un golpe de estado no violento contra la Autoridad Palestina (AP)tomando el control de universidades, sindicatos y otras instituciones en Cisjordania, advirtió Tawfik Tirawi, ex jefe del Servicio General de Inteligencia de la AP.

La advertencia se produjo tras la victoria de Hamás en las recientes elecciones al consejo estudiantil de la Universidad de Bir Zeit, al norte de Ramallah, y en algunos sindicatos profesionales.

También se afirmó que varios miembros de Hamás de la zona de Ramallah planearon llevar a cabo ataques contra instalaciones civiles y de seguridad clave de la AP. Según algunos informes, las fuerzas de seguridad de la AP incautaron grandes cantidades de armas y explosivos en la localidad de Beitunia, al suroeste de Ramallah, que pertenecían a una célula de Hamás.

Hamás negó cualquier relación con las armas.

Un alto funcionario palestino dijo a The Jerusalem Post que la AP informó a Egipto y a otras partes árabes y extranjeras sobre el supuesto golpe de Hamás.

Tirawi expresó su «pesar» por el hecho de que algunos palestinos estén ayudando a Hamás en su esfuerzo por extender el control más allá de la Franja de Gaza.

«Desgraciadamente, Hamás está trabajando con algunos hermanos de la OLP y otras facciones palestinas, a las que respeto», expresó Tirawi, miembro del Comité Central de Fatah, el órgano de decisión de la facción gobernante encabezado por el presidente de la AP, Mahmud Abbas. «Quieren tomar el control de las universidades, los sindicatos, los gremios y los consejos municipales [en Cisjordania]. Quieren controlar todas las instituciones palestinas», agregó.

Tirawi explicó que una vez que Hamás se haga con el control de estos organismos mediante elecciones, será difícil argumentar que la toma de posesión no fue legítima.

«Nadie podrá argumentar que son ilegítimos, ni los estadounidenses ni los árabes ni los palestinos, porque Hamás llegó [al poder] mediante elecciones. Después de que Hamás se haga con el control de estas instituciones, iniciarán huelgas y perturbarán la vida normal. Provocarán el colapso de cualquier gobierno [de la AP]», señaló Tirawi.

Recientemente, la lista del Bloque Islámico, afiliado a Hamás, obtuvo una victoria aplastante en las elecciones al consejo estudiantil de la Universidad de Bir Zeit. La victoria fue vista como una derrota humillante para Fatah.

«Hamás está haciendo un gran esfuerzo para hacerse con el control de muchas instituciones palestinas en Cisjordania, y hasta ahora parece que estos esfuerzos tuvieron éxito», detalló el experimentado funcionario de Al Fatah que anteriormente fue ministro del gobierno de la AP.

A principios de este año, Al Fatah perdió las elecciones al consejo estudiantil de la Universidad de Belén frente al Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), de carácter marxista.

Los partidarios de Hamás y del FPLP también derrotaron a Al Fatah en las elecciones de los sindicatos de farmacéuticos, médicos e ingenieros palestinos. Varios candidatos «independientes» apoyados por Hamás ganaron también en las últimas elecciones municipales, aunque boicoteadas por Hamás.

El mes pasado, estallaron violentos enfrentamientos entre estudiantes de Hamás y Fatah en la Universidad Nacional An-Najah de Nablus. Los guardias de seguridad de la universidad y los agentes de seguridad de la Autoridad Palestina fueron filmados golpeando a estudiantes y miembros de la facultad afiliados a Hamás.

La administración de la Universidad An-Najah se vio obligada posteriormente a dar marcha atrás en su decisión de expulsar a 10 estudiantes afiliados a Hamás que fueron acusados de iniciar la violencia.

Las renovadas conversaciones sobre el ostensible plan de Hamás para dar un golpe de Estado en Cisjordania son una muestra más de la continua tensión entre el movimiento islamista y Al Fatah.

La tensión alcanzó su punto álgido el 15 de junio de 2007, cuando Hamás se hizo con el control de la Franja de Gaza tras derrocar a la AP. Desde entonces se hicieron varios intentos de los países árabes e islámicos de poner fin a la rivalidad entre ambos movimientos.

A principios de esta semana, Abbas y el líder de Hamás, Ismail Haniyeh, se reunieron brevemente en Argelia durante la celebración del Día de la Independencia del país. Fuentes palestinas descartaron la posibilidad de que el encuentro, el primero de este tipo en seis años, condujera a una reconciliación entre Al Fatah y Hamás.

Los responsables de Hamás, por su parte, criticaron duramente a las fuerzas de seguridad de la Autoridad Palestina por seguir reprimiendo a los partidarios del grupo en Cisjordania. Además, expresaron que las fuerzas de seguridad de la AP detuvieron a decenas de seguidores de Hamás en las últimas semanas, como parte de un plan para «silenciar e intimidar» a los críticos y opositores políticos de los dirigentes palestinos con sede en Ramallah.

Artículo publicado por Khaled Abu Toameh en The Jerusalem Post.

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