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Cultura

Israel anuncia que las actividades culturales se reanudarán en junio

Agencia AJN.- El anuncio llega después de casi tres meses sin espectáculos teatrales o escénicos, pero ¿será suficiente para salvar a la industria?

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Agencia AJN.- El ministro de Cultura y Deportes de Israel, Chilli Tropper, y el ministro de Salud, Yuli Edelstein, anunciaron este domingo que los teatros de Israel reabrirán a partir del 14 de junio con la condición de que sólo el 75% de los asientos estén llenos y no hayan intervalos. La actualización de la norma incluye, además del teatro, todos los espectáculos, desde la ópera hasta el stand-up.

La compra de entradas se hará sólo por Internet, y los espectáculos se realizarán con un asiento libre entre cada asistente. Todos tendrán que llevar máscara y tomarse la temperatura antes de ingresar.

Los museos, por su parte, podrán admitir visitantes a partir del lunes.

La Orquesta Filarmónica de Israel (foto) y varias compañías de teatro se han dedicado a brindar espectáculos online, e incluso a crear nuevas performances a través de Zoom. Sin embargo, el Festival de Israel de este año fue aplazado después de que se hizo evidente que los artistas no podrán llegar al país debido a las restricciones de viaje por el coronavirus.

El informe no incluía ninguna instrucción específica sobre los cines, y anteriormente las cadenas anunciaron que no volverán a abrir tras el brote de coronavirus porque necesitan vender la mayoría de sus entradas, además de los alimentos que se consumen allí, para obtener beneficios. Varias películas pospusieron sus fechas de estreno para poder llegar a su público, entre ellas Mujer Maravilla 1984, con la actriz israelí Gal Gadot, que se estrenará en agosto en lugar de junio.

Cultura

Efemérides. A cuatro años de la muerte de Elie Wiesel, sobreviviente de la Shoá y Premio Nobel de la Paz

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Agencia AJN.- El 2 de julio de 2016, a los 87 años, falleció en Nueva York una de las personalidades judías más reconocidas del siglo XX, Elie Wiesel.

El 30 de septiembre de 1928 nació en Transilvania, más precisamente en Sighet, ciudad que entre 1940 y 1945 fue parte de Hungría y actualmente pertenece a Rumania, una de las personalidades judías más reconocidas del siglo XX: Eliezer “Elie” Wiesel.

Único hijo varón de una familia observante del judaísmo, su educación estuvo dirigida a formarlo para que fuera rabino, y en 1941, cuando tenía 12 años, su conocimiento de los textos tradicionales judaicos le permitió comenzar a estudiar Kabalá.

En 1944 los nazis deportaron a los judíos residentes en Hungría y la familia Wiesel formó parte de los contingentes remitidos a Auschwitz, donde fueron exterminadas su madre, Sarah, y la menor de sus hermanas, Judith.

A principios de enero y ante la proximidad del ‘Ejército Rojo’ soviético, Elie y su padre, Shlomo, fueron trasladados a Buchenwald, donde este último falleció. “El día en que murió fue uno de los más negros de mi vida. Me llamaba a gritos, pero tenía demasiado miedo para moverme. Todos teníamos demasiado miedo para movernos. Y entonces murió. Estaba presente cuando murió, pero en realidad, no estaba presente”, recordó años más tarde.

Al igual que sus hermanas Hilda y Bea, Elie Wiesel sobrevivió a la Shoá y concluida la Segunda Guerra Mundial vivió un corto tiempo en un orfanato francés para luego establecerse en París, donde estudió Literatura y Filosofía en la Sorbona, entre 1948 y 1952, a la vez que comenzaba a trabajar como periodista.

En 1949 viajó por primera vez al Estado de Israel, y tres años después pasó a ser corresponsal en Europa del diario israelí Yedioth Ahronoth. A mediados de 1954, Wiesel entrevistó al afamado escritor francés François Mauriac, quien lo convenció de que debía dar a conocer su experiencia en los campos de exterminio. Al año siguiente terminó el manuscrito en ídish “El mundo callaba”, de 900 páginas.

Radicado en Nueva York desde 1956, además de continuar con su trabajo de corresponsal de medios extranjeros Wiesel comenzó a escribir ensayos y novelas sobre la Shoá. Dos años después publicó en francés “La noche”, primera parte de una trilogía en la cual describe el drama de la Shoá, que se completa con “El alba” y “El día”, editadas en 1960 y 1961 respectivamente y publicadas en español bajo el título de “Trilogía de la noche”.

Pero Wiesel también escribió sobre temas relacionados con la identidad judía y respecto de quienes son perseguidos y/o sojuzgados por motivos raciales.A comienzos de la década del ’60 se interesó por la situación de los judíos que vivían en la Unión Soviética, adonde viajó para tomar contacto personal con varias comunidades desperdigadas, en una experiencia que volcó en “Los judíos del silencio” (1966), libro que no solo impactó en los ámbitos comunitarios, sino que reforzó la campaña destinada a que la autoridades soviéticas les permitieran a los judíos emigrar al Estado de Israel.

En 1969 Wiesel se casó con Marion, con quien tres años después tuvo un hijo, Elisha Shlomo.

A la vez que continuó escribiendo y publicando, comenzó a desempeñarse como profesor de Estudios Judaicos en las universidades de Nueva York, hasta 1976 cuando fue designado profesor de Humanidades de la cátedra Andrew W. Mellon, y Boston, donde integró el cuerpo docente de los departamentos de Religión y Filosofía.

Wiesel visitó la Argentina en dos oportunidades: a mediados de la década del ’70, invitado por el Seminario Rabínico Latinoamericano, y a fines de 1995, para participar en actividades organizadas por la Fundación Memoria del Holocausto/Museo de la Shoá.

En 1978, el presidente estadounidense Jimmy Carter lo nombró al frente de la Comisión Presidencial sobre el Holocausto, en un reconocimiento público a su labor educativa para difundir lo que significó la Shoá para la humanidad. En 1982 y 1983 Wiesel fue el primer profesor invitado del Centro “Henry Luce” de Humanidades y Pensamiento Social de la Universidad de Yale.

Desde que comenzó a escribir sobre la Shoá, su intención fue la de evitar que se repita una situación de barbarie como la producida en los campos de concentración nazis, por lo cual se dedicó en forma permanente a practicar el ejercicio de la memoria y reafirmar el sentido de la vida.

Wiesel también intervino en foros internacionales sobre derechos humanos, a fin de lograr la fraternidad entre los habitantes del mundo, todo lo cual llevó a que en 1986 se le concediera el premio Nobel de la Paz. Meses después, junto con su esposa crearon la Fundación Elie Wiesel para la Humanidad, dedicada a luchar contra la indiferencia, la intolerancia y la injusticia.

Además, recibió un centenar de distinciones, como la Medalla Presidencial de la Libertad; la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos; el Premio Medalla de la Libertad; el rango de Grand-Croix de la Legión de Honor francesa; el premio Ingram Merill; el Premio de la Herencia Judía, de la Universidad de Haifa; el Premio Conmemorativo del Holocausto, de la Sociedad de Psicólogos Clínicos de Nueva York; las medallas S. Y. Agnon y Jabotinsky del Estado de Israel; La Estrella de Rumania; el premio Hombre del Año del Museo de Arte de Tel Aviv; el premio Luz de Verdad de la Campaña Internacional para el Tíbet; y este año le conferirán la Medalla Presidencial de Israel.

En 2004, el gobierno magiar le entregó la Cruz de Comandante de la República de Hungría, que Wiesel devolvió el año pasado, en desacuerdo con la rehabilitación de políticos ultraderechistas de la época nazi que promovió el Estado húngaro.

Publicó más de 40 libros, como “La ciudad después del muro” (1964), “Las puertas del bosque” (1966), “Leyendas de nuestro tiempo” (1968), “Un mendigo en Jerusalem” (1970), “Una generación más tarde” (1970), “Celebración bíblica. Relatos y leyendas del Antiguo Testamento” (1972), “El testamento” (1981), “Crepúsculo” (1988), “Desde el reino de la memoria” (1990), “Los sabios y sus historias. Semblanzas de maestros bíblicos, talmúdicos y jasídicos” (1991), “Todos los ríos van al mar” (1995), “Contra la melancolía” (1996), “Y el mar nunca se llena” (1999), “El tiempo de los desarraigados” (2005) y el infantil “El rey Salomón y su anillo mágico” (1999).

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Cultura

Quién es la única persona en el mundo que puede tocar los Rollos del Mar Muerto

Agencia AJN.- Escondidos en las cuevas del desierto de Judea por más de 2.000 años, los artefactos incluyen algunos de los más antiguos manuscritos de la Biblia, así como otros textos religiosos.

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Agencia AJN.- Pocas personas están familiarizadas con el nombre de Tanya Bitler, una conservadora de 63 años de edad de la Autoridad de Antigüedades de Israel (IAA), que se trasladó desde Rusia a finales de 1990. Sin embargo, sus manos han aparecido en los medios de comunicación de todo el planeta por una razón única: actualmente es la única persona en el mundo que puede tocar y manejar los legendarios Rollos del Mar Muerto, y sus dedos envueltos en guantes sujetando o señalando delicadamente un fragmento aparecen regularmente en las imágenes que se difunden al público cuando surgen nuevos hallazgos.

Desde su descubrimiento en los decenios de 1940 y 1950, los pergaminos, que incluyen unos 25.000 fragmentos, han sido objeto de fascinación para miles de estudiosos y millones de personas en Israel y en todo el mundo.

Escondidos en las cuevas del desierto de Judea durante más de 2.000 años, los artefactos incluyen algunos de los más antiguos manuscritos de la Biblia, así como otros textos religiosos. La IAA es la entidad que se encargó de ellos en nombre del Estado de Israel.

Sin embargo, durante decenios, los pergaminos experimentaron un terrible deterioro: las diferentes condiciones climáticas de su nuevo hogar en Jerusalem y una sucesión de intentos bien intencionados pero mal ejecutados de los eruditos y conservadores para preservarlos causaron daños muy graves.

En 1991, la AIA comenzó a abordar la cuestión de la preservación de los Rollos del Mar Muerto, lo que dio lugar a la creación de una unidad y un laboratorio dedicados a su cuidado.

Bitler fue una de las cuatro personas contratadas para trabajar como conservadora en el proyecto en 1992, gracias a su formación en historia y arqueología, así como a una licenciatura en la materia y a diez años de trabajo como conservadora en el Museo Arquitectónico y Etnográfico de Jojlovka, en la ciudad rusa de Perm.

“Comenzamos nuestro trabajo mirando el material, para familiarizarnos con nuestra colección”, explicó. “Además, comenzamos a realizar varias pruebas en pergaminos modernos para entender cómo podíamos intervenir para proteger los pergaminos, además de estudiar el tema de forma teórica. Finalmente, invitamos a los expertos del Instituto de Conservación Getty de Los Ángeles, que fue la primera entidad en desarrollar una experiencia en la conservación de este tipo de material, empleando a biólogos, químicos y demás. Vinieron a nuestro laboratorio para estudiar nuestros problemas y desarrollar una metodología para que trabajemos en ellos”.

Más que la investigación, el primer objetivo de la iniciativa de la IAA era la preservación. En los decenios anteriores, los fragmentos de pergaminos que se creía que encajaban entre sí se habían pegado con cinta adhesiva, también se emplearon otras formas de pegamento en los manuscritos con varios fines, mientras que los conservadores pensaron que la mejor manera de proteger los artefactos era colocarlos entre dos placas de vidrio cuya presión terminaba por hacer que los pergaminos se oscurecieran y sus bordes se gelatinizaran.

Después de dedicar los primeros años al estudio, Bitler y los demás conservadores comenzaron a tratar con delicadeza los pergaminos, sacándolos de las placas de vidrio, a menos que el daño lo hubiera imposibilitado, para almacenarlos en placas de cartón más adecuadas, y quitando el pegamento y la cinta adhesiva. “Es un proceso muy lento y que requiere mucho tiempo, también porque los pergaminos requieren un control y mantenimiento constante. Hemos sido capaces de tratar aproximadamente la mitad de la colección”, dijo al Jerusalem Post.

La misión del laboratorio es llevar a cabo sólo intervenciones que no corran el riesgo de causar más daños y que puedan ser revertidas, en caso de que el futuro traiga nuevos desarrollos tecnológicos que puedan ayudar a los pergaminos de una manera más efectiva. Además, para evitar daños, los conservadores de la Unidad de Pergaminos del Mar Muerto de la IAA, que actualmente se encuentra en el campus del Museo de Israel, son las únicas personas autorizadas a tocarlos y manipularlos.

Entretanto, también se han emprendido nuevos proyectos. En los últimos diez años se ha llevado a cabo una gran iniciativa de digitalización, utilizando imágenes multiespectrales de alta resolución. Todos los fragmentos tuvieron que ser extraídos de la bóveda donde normalmente se guardan y colocados manualmente en el equipo especial para fotografiarlos con la mayor resolución posible y en varias longitudes de onda, tarea que requirió las manos de Bitler y sus colegas.

Además, se han abierto progresivamente muchas nuevas vías de investigación sobre los pergaminos a través de la intersección de la arqueología y las ciencias duras. Por ejemplo, un grupo de investigadores analizó el ADN de las pieles de animales utilizadas para producir los pergaminos de algunos pergaminos, en una iniciativa de varios años cuyos primeros resultados se anunciaron a principios de este mes. Una vez más, los expertos que se encargaron de recoger el material real de los pergaminos para los científicos involucrados fueron los conservadores de la IAA.

Incluso cuando algunos pergaminos se prestan ocasionalmente a museos de todo el mundo, los conservadores son los que se encargan de todos los aspectos del proceso de preparación de los mismos. Nadie más pone sus manos sobre los artefactos.

Sin embargo, en los últimos meses, tres conservadores que durante más de un cuarto de siglo se ocuparon de estas delicadas actividades se retiraron, dejando a Bitler como la única que queda en la unidad, al menos por el momento.

Actualmente se está formando a nuevos conservadores, pero la experta explicó que se necesitarán al menos dos años de trabajo duro para que sean algo competentes en algunos aspectos de la actividad y cinco años para que estén completamente listos para hacerse cargo. “Mientras tanto, todavía me quedan algunos años de trabajo por delante”, dijo.

Incluso después de 28 años, Bitler destacó que trabajar con los pergaminos para ella todavía se siente muy especial. “Por supuesto que todavía me emociona lo que hago. Estoy muy contenta de trabajar en el laboratorio y siento una gran responsabilidad”, aseguró. “Cada fragmento es diferente del otro, cada uno tiene características diferentes y ha sufrido problemas diferentes. Tratar con cada uno de ellos siempre se siente único”, concluyó.

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