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Opinión. ¿Por qué estoy emocionado? Por Marcelo Kisilevski*

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Agencia AJN.- Hay quienes minimizan, dicen que la paz con los Emiratos Árabes Unidos firmada hoy, (así como la declaración de principios firmada con Bahrein), no se comparan con la paz con Egipto y Jordania porque no tuvimos con ellos guerras, y por lo tanto es apenas un olvidable “acuerdo de normalización”.

Pero no, o también, porque también es acuerdo de paz. Recordemos que EAU es parte de la Liga Árabe y, como tal, era firmante (o cómplice) de los famosos y nefastos “Tres No de Khartoum”: No paz, no reconocimiento, no negociación con Israel. Eso se acabó oficialmente ayer.

Dicen que el acuerdo traiciona la causa palestina y que perpetúa el conflicto. Yo digo: basta. Si a alguien pueden culpar los palestinos de que cada vez les ofrecen menos, y de que los países árabes han dejado de subsumir sus intereses a los de los necios liderazgos palestinos, es a ellos mismos.

Se subieron a demasiados árboles de los que no pueden bajar aunque quieran, y no quieren. El más alto de todos: el retorno de los refugiados. El del medio: Estado palestino en TODOS los territorios de Cisjordania, rechazando el principio de intercambio de territorios, lo cual implicaría una impracticable evacuación de todos los asentamientos. El árbol más bajo, invención de Obama: cese de la construcción en los territorios como mera condición para volver a la mesa de negociaciones.
Tantos son los árboles a los que se treparon para luego arrojar la escalera al suelo, que ni siquiera ven la posibilidad de una paz con Israel basados en un colchón de cooperación regional amigable como base para la resolución del conflicto en términos viables para todos.

Dicen que “business son business”, porque todo se reduce a un acuerdo entre comerciantes de armas. Pero claro, ¿qué piensan, que todos los demás acuerdos de paz de la historia del mundo fueron para promover el amor y la hermandad, y sólo este es para comerciar con muchas cosas, no solamente con armas, y para beneficiar intereses?

Por ejemplo, el zapato que más les duele a los países del Golfo se llama Irán. Oh casualidad, el mismo que a Israel. Y además, si el interés es sólo armas, ya lo era desde hace por lo menos 30 años. ¿Por qué recién ahora? Conclusión: bajen un cambio en la caja del cinismo.

¿Será que provoca resquemor porque es un logro de Bibi? No lo sé. Todo el mundo sabe que no lo voté, pero estos son puntos para el primer ministro Netanyahu. Porque está cumpliendo, como al pasar, el sueño de Theodor Herzl -un Estado judío y democrático en paz con sus vecinos- y también (sin que nos demos cuenta) el de Shimón Peres, plasmado en su libro “El Nuevo Medio Oriente”.
Si el precio para tener paz con todos nuestros vecinos es que se anoten en el haber de Netanyahu, lo pago con alegría. Y así como Golda Meir recibió con un beso a Menajem Beguin cuando se bajó del avión a su regreso de Camp David en el ’79, después de firmar el histórico acuerdo con Anwar El Saadat de Egipto, yo (no esperen que lo bese, hay Covid) aplaudo hoy de pie a Biniamín Netanyahu.

La paz siempre, siempre, es motivo de celebración. Y hoy, como en 1979 (Camp David), como en 1993 (Oslo) y como en 1994 (Jordania), yo estoy emocionado.

*Kisilevski es periodista, docente y escritor argentino-israelí.

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El pacificador ausente. Por David Horovitz*

Agencia AJN.- Los Estados Unidos han invitado repetidamente al líder palestino Mahmoud Abbas a reincorporarse y defender los intereses de su pueblo. ¿No se supone que ese es su propósito?

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Agencia AJN.- ¿Qué pasaba por la cabeza de Mahmoud Abbas, me pregunto, mientras veía la inspiradora ceremonia de normalización en la Casa Blanca el martes, transmitida en vivo por la televisión palestina?

¿Estaba pensando que podría haber sido él, allá arriba en el balcón, haciendo la paz con Israel, si tan sólo hubiera respondido a la extraordinaria y apresurada oferta del primer ministro israelí Ehud Olmert en 2008? ¿Estaba pensando que podría haber sido él, si hubiera aprovechado al máximo el freno de 10 meses a la construcción de los asentamientos impuesta por el presidente estadounidense Obama a Benjamin Netanyahu en 2009-10, en lugar de desperdiciar los primeros nueve meses negándose a negociar?

Abbas declara con toda la razón que no quiere quedar marcado como el líder que vendió la causa palestina, como el líder que traicionó los intereses de su pueblo. Pero eso es precisamente lo que ha hecho en los 16 años desde que sucedió al difunto Yasser Arafat, el engañoso participante en una anterior ceremonia de acuerdos de la Casa Blanca.

A diferencia de Arafat, Abbas no ha orquestado directamente el terrorismo. Pero él y su administración se han manifestado implacablemente contra el estado judío, burlándose de su legitimidad histórica, y sirviendo como un instigador principal de lo que el presidente de EE.UU. Donald Trump, en su discurso, catalogó con precisión como constantes mentiras “que Al-Aqsa estaba bajo ataque”.

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La firma de los Acuerdos de Abraham entre Israel, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein en la Casa Blanca el pasado 15 de septiembre.

Estas mentiras, “transmitidas de generación en generación”, dijo Trump, han alimentado “un círculo vicioso de terror y violencia” en esta región y más allá. Y al hacerlo, Abbas ha elegido estratégicamente, tan claramente como lo hizo Arafat, no preparar a su pueblo para los compromisos necesarios para forjar una paz viable con Israel.

Aunque en su mayoría se ha negado a negociar y, al negociar brevemente, ha mantenido posiciones como la insostenible demanda de un “derecho de retorno” a Israel para millones de palestinos, su poder de negociación se ha debilitado. Por un lado, como dijo Jared Kushner al mundo la semana pasada, los asentamientos israelíes han estado avanzando gradualmente sobre “toda la tierra de Cisjordania, y las probabilidades de que alguna vez la cedan son improbables”. Y por otro lado, como se ha demostrado enfáticamente por los notables acontecimientos del martes, crecientes partes del mundo árabe están gradualmente desenredando sus propias prioridades nacionales de las de los intransigentes palestinos.

El rechazo de Abbas está resultando desastroso, no sólo para su pueblo sino también para el nuestro. Es perfectamente sensato alegrarse de la cálida buena voluntad y el compromiso con un mejor futuro compartido que se exhibe en la Casa Blanca, y lamentar al mismo tiempo que el liderazgo de nuestro vecino se encamina más profundamente a las fuerzas oscuras de la región.

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Mahmoud Abbas reunido con Jared Kushner, en 2017.

Su poder se está debilitando, y el tiempo se está acabando personalmente para Abbas, que ya tiene más de 80 años. Pero no es demasiado tarde. Al igual que Obama en 2009, la administración Trump y los Emiratos Árabes Unidos se han combinado para darle otra oportunidad, imponiendo otro tipo de congelación a un reticente Netanyahu: la aplicación de la soberanía israelí al 30 por ciento de Cisjordania asignado a Israel en el plan de paz Trump ha sido suspendida indefinidamente – hasta el 2024, según fuentes bien informadas que hablaron con The Times of Israel en los últimos días.

Los EE.UU. han estado invitando repetidamente a Abbas a volver a comprometerse, para abogar por los intereses de su pueblo. ¿No se supone que ese es su propósito? En la insistente ausencia de Abbas, como Kushner elaboró en su sorprendente informe de la semana pasada, “dibujamos lo que pensamos que era un mapa realista… Jugamos a la pelota mientras él miente, ¿verdad?”

Me pregunto qué pasaba por la cabeza de Mahmoud Abbas el martes. ¿Realmente quiere mezclar a su gente con los terroristas de Gaza (que consideraron oportuno lanzar cohetes a Israel durante y después de la ceremonia), Hezbollah y Teherán? ¿Está esperando que Trump pierda, y si es así, con la esperanza de que un presidente Biden haga algo por él? ¿Qué espera? ¿Tiene algún tipo de estrategia?

¿Estaba siquiera mirando?

*David Horovitz es editor fundador de The Times of Israel.

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La emotiva ceremonia de la Casa Blanca comienza a relegitimar una pequeña y preciosa palabra: Paz. Por David Horovitz*

Agencia AJN.- 26 años después del tratado entre Israel y Jordania, toda una generación de israelíes y árabes es testigo de algo que simplemente nunca había visto antes.

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Agencia AJN.- “En toda la historia de Israel, sólo ha habido anteriormente dos acuerdos de este tipo. Ahora hemos logrado dos en un solo mes. Y hay más por seguir”, dijo el Presidente de los Estados Unidos Donald Trump cerca del comienzo de sus declaraciones ante las cientos de personas que asistieron a la ceremonia en la Casa Blanca, y a un número incalculable de personas en todo el mundo, viendo el martes como Israel establecía relaciones simultáneamente con los Emiratos Árabes Unidos y con Bahrein.

Nuestro primer acuerdo de paz, que ha hecho temblar la tierra, se produjo en 1979, cuando el Presidente de Egipto, Anwar Sadat, tras restaurar el respeto de su país por sí mismo en la guerra de 1973 después la humillación que sufrió en 1967 con la Guerra de los Seis Días, hizo añicos tres décadas de intransigente hostilidad árabe hacia el hecho mismo de la existencia de Israel firmando los Acuerdos de Camp David con el primer ministro israelí Menachem Begin.

Y entonces llegó… nada.

Israel había querido creer que después de Egipto, las puertas de la normalización se abrirían. En cambio, Egipto fue boicoteado por el resto del mundo árabe por su crimen de legitimar a Israel, y Sadat fue pronto abatido a tiros.

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Los Acuerdos de Camp David firmados en 1979 por Menachem Beguin (derecha), el norteamericano Jimmy Carter (centro) y el egipcio Anwar Sadat (izquierda).

Sólo 15 años más tarde, en 1994, el Rey Hussein de Jordania se atrevió a convertirse en nuestro segundo socio de paz pleno, liberado para reconocer públicamente su alianza oculta con Israel, luego de que el primer ministro Itzjak Rabin prometiera tratar de resolver el conflicto palestino y estrechara cautelosamente la mano de Yasser Arafat en el césped de la Casa Blanca un año antes.

Y entonces llegó… nada. Nada, esta vez, durante un cuarto de siglo completo.

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El Rey Hussein de Jordania (derecha) con Bill Clinton (centro) e Itzjak Rabin (izquierda).

Hasta la “doble boda” del martes.

Y así, cuando Trump señaló que estaba supervisando la duplicación de toda la historia de alianzas de paz de Israel, también le estaba diciendo a toda una generación de israelíes y de árabes – una generación que simplemente nunca antes ha sido testigo de tal ceremonia – que, sí, la paz israelí-árabe es realmente posible. Puede lograrse aquí y ahora. No es algo que haya sucedido un par de veces hace mucho tiempo y luego se haya congelado, volviéndose una remota chance sólo para los soñadores.

Y es de esperar que no sea algo que, después de haberse logrado ostensiblemente, se desintegre en conflictos y derramamiento de sangre, como fue el caso del “proceso de paz” israelí-palestino y el estratégico ataque terrorista palestino de la Segunda Intifada.

Por una vez, “dejemos de lado todo cinismo”, dijo el Primer Ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, en su discurso. Y durante unas pocas horas, en medio de una pandemia, e incluso cuando Hamas trató de estropear el espectáculo con el lanzamiento de cohetes desde Gaza, todo lo relacionado con la ceremonia nos animó a hacer precisamente eso.

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Lo que Netanyahu llamó “el pulso de la historia” fue tangible en la calidez de las interacciones separadas entre Trump, los dos ministros de Relaciones Exteriores de los países del Golfo, y Netanyahu que precedieron al evento principal. Si la ampliación del círculo de la paz del martes fue insuficiente, Trump garantizó a Netanyahu que “cinco o seis” otros estados están esperando en la fila. “Francamente, podríamos haberlos tenido aquí hoy”, dijo, pero eso habría sido una falta de respeto a los Emiratos Árabes Unidos, que habían mostrado el valor de ser el primero, y a Bahrein, que había estado tan decidido a unirse a la fiesta.

“El pulso de la historia” también fue tangible en el contenido de todos los discursos de los dirigentes – sus compromisos individuales declarados con una paz genuina y duradera entre nuestros pueblos – y en la sinceridad y calidez con que formularon sus observaciones. Fue tangible en los momentos poco notorios, como cuando el ministro de Relaciones Exteriores de los Emiratos Árabes Unidos, Abdullah Al Nahyan, tras completar su discurso, se dirigió a donde estaba Netanyahu y, con la atención centrada en otra parte, se sonrieron e intercambiaron algunas palabras.

O cuando todo el mundo -y especialmente la alegre estrella del espectáculo Al Nahyan- se rió de buena gana de las complejidades logísticas que inevitablemente surgen cuando dos o cuatro dirigentes firman y/o son testigos de tres acuerdos.

Si el tratado de paz de Egipto con Israel fue el primer paso vital hacia la aceptación del renacimiento del Israel moderno en la antigua patria de los judíos, la ceremonia del martes puede llegar a significar nuestra tardía aceptación por parte de aquellos más lejanos que, como señaló Trump, durante décadas se han alimentado de mentiras y falsedades sobre Israel, y especialmente de la aparente intolerancia religiosa.

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Los palestinos siguen ausentes, por supuesto, guiados en la Ribera Occidental por el Presidente Mahmoud Abbas en lo que parece ser una alianza cada vez más profunda con los terroristas de Hamas que gobiernan Gaza. Aún así, el presidente de los Estados Unidos que negoció estos acuerdos sigue siendo insistentemente optimista en que, como dijo a la prensa durante su sesión en el Despacho Oval con Netanyahu, “en el momento adecuado, ellos también se unirán”.

“Estamos aquí esta tarde para cambiar el curso de la historia”, dijo Trump al principio de su discurso. “Después de décadas de división y conflicto, marcamos el amanecer de un nuevo Medio Oriente”, continuó, y “gracias al gran coraje de los líderes de estos tres países, damos un gran paso hacia un futuro en el que las personas de todos los credos y orígenes vivan juntos en paz y prosperidad”.

Trump presentó estas alucinantes afirmaciones en tonos que eran casi reales. Estos nuevos aliados de la paz “van a trabajar juntos; son amigos”, dijo, como si esto fuera lo más normal del mundo.

Pero para toda una generación, 26 años después de que cualquiera de nosotros viera algo parecido, la ceremonia del martes fue todo menos normal. Fue, más bien, sin precedentes, sorprendente y alentadora. Por una vez en el torturado contexto de Israel y el conflicto árabe, fue un placer dejar todo el cinismo a un lado.

Después de 26 años, la ceremonia del martes relegitimó tentativamente esa pequeña y preciosa palabra: Paz.

*editor fundador de The Times of Israel.

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