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Opinión

Un nuevo mapa que plantea el equilibrio de poder

Agencia AJN (fuente La Nación – autor Carlos Pagni).- El electorado resolvió ayer garantizar una virtud estratégica del sistema político. El equilibrio de poder. Alberto Fernández y Cristina Kirchner reconquistaron la conducción del Estado.

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Agencia AJN (fuente La Nación – autor Carlos Pagni).- El electorado resolvió ayer garantizar una virtud estratégica del sistema político. El equilibrio de poder. Alberto Fernández y Cristina Kirchner reconquistaron la conducción del Estado. Pero no podrán fantasear con una nueva hegemonía. Aunque Mauricio Macri no consiguió la reelección, Juntos por el Cambio logró recuperarse hasta quedar frente a un horizonte muy competitivo. El nuevo mapa es un enorme desafío para Fernández, el nuevo presidente. Sobre todo porque dentro de ese marco deberá operar sobre una economía turbulenta. Un contraste llamativo con la experiencia que protagonizó en 2003, cuando Néstor Kirchner emergió del vientre del duhaldismo, que le dejó la herencia de un orden material recuperado.

Los argentinos expresaron en el proceso electoral la catarsis que el malestar económico induce en otras sociedades a convulsiones callejeras. La recesión y la inflación llevaron a una parte de la ciudadanía, que en 2015 se había inclinado por Cambiemos, a castigar al Gobierno. La regla de oro de esa coalición, la hipótesis de que el rechazo al kirchnerismo garantizaba la imposibilidad de su regreso, fue invalidada por otra general y más antigua: los sufrimientos de la vida cotidiana suelen ser determinantes en las urnas.

La fluctuación en la base produjo un nuevo alineamiento en la cúpula. Unificó al peronismo. Sagaz, la señora de Kirchner facilitó ese movimiento. Dio un paso atrás y designó al frente de la fórmula a quien había sido jefe de campaña de los dos dirigentes que la habían enfrentado: Sergio Massa y Florencio Randazzo. Advirtió que ella podría haberse convertido en una barrera para ese reflujo electoral y partidario.

Los resultados de ayer le dieron la razón. La perspectiva de su regreso, prefigurada en las primarias, desencadenó una movilización popular que permitió a Juntos por el Cambio sumar más de dos millones de votos a los obtenidos el 11 de agosto. La magnitud de ese fenómeno fue agigantada por los discursos de Cristina Kirchner y Axel Kicillof, el triunfador de la provincia de Buenos Aires. Es llamativo que un gobierno que deja tras de sí tierra arrasada consiga superar el 40% de los votos. Los electores dejaron en el aire la ambigua sensación de una derrota y, al mismo tiempo, de una recuperación de Macri.

Para manejarse con esa ambivalencia Fernández deberá exhibir una inusual ductilidad. Está obligado, a partir de anoche, a registrar este doble condicionamiento. Como Sarmiento en 1868, como Alvear en 1922, él depende de una estructura de poder ajena.

Quedó de nuevo demostrado en la escenografía de la celebración de anoche, que repitió la de las primarias. Sin gobernadores a la vista, sin una mínima mención a Massa, el ganador parecía el invitado a una fiesta ajena. La fiesta de Cristina Kirchner. La misma Cristina Kirchner que, con su negatividad, es capaz de volcar en más de dos millones de votos a Macri, un candidato estragado por la crisis económica. Dicho de otro modo: Fernández no va a poder ignorar la demanda ético-institucional que desató una ola de manifestaciones y, ayer, permitió la recuperación de Juntos por el Cambio.

Pero responder, siquiera en parte, a esa expectativa de regeneración le exigirá gesticular una ruptura con la última experiencia kirchnerista. Quiere decir que la satisfacción de ese requerimiento social lo expone al riesgo de recrear las tensiones que lo llevaron a apartarse durante casi una década de la que ahora es su vicepresidenta.

La receta para que el nuevo presidente compense las fragilidades que exhibe el origen de su poder es ofrecer lo antes posible un éxito en su gestión. Alcanzaría, en principio, con evitar que la economía se siga degradando. Esa tarea comienza hoy, en la reunión con el Presidente. La vicepresidenta electa se dirigió ayer a quien fue su sucesor, para pedirle que imite el modo en que en 2015 ella le transmitió el mando. Si ese es el modelo, Fernández debería desear que Macri no la haya escuchado.

Él también se refirió a la transición que se abre hasta el 10 de diciembre. A diferencia de la señora de Kirchner, admitió que, si bien el que está en el poder es el responsable de la administración, lo que suceda de ahora en adelante está relacionado también con su colaboración.

Más allá de la retórica, el curso de la crisis estará atado a lo que diga y haga Fernández más que a cualquier otro factor. Quedó claro la semana pasada, cuando los ahorristas desataron una fuga de depósitos en dólares cuando le escucharon prometer que si él llegaba al poder respetaría esos activos. Algo que, hasta entonces, nadie había puesto en duda.

El resultado oficial de ayer profundizará esa dependencia con lo que Fernández diga o haga que ya se viene verificando desde las primarias. Los agentes económicos querrán a partir de ahora calibrar el nivel de apertura que tiene la formación del futuro gabinete. Si expresa a una base política amplia o a un grupo plegado sobre sí mismo. En el centro de esta incógnita está la identidad del ministro de Economía, que debe contar con una gran credibilidad externa y doméstica. Fernández no ha emitido ningún indicio al respecto. Se manejó con profesionales equivalentes a una segunda línea de un equipo convencional.

Por lo que ha trascendido hasta ahora de la nueva vicepresidenta y del nuevo gobernador bonaerense, hay un consenso extendido en que el futuro titular del Palacio de Hacienda debe ser un especialista amigable con la comunidad de negocios. Más todavía. Al menos hasta ahora, Cristina Kirchner no querría intervenir en el armado del gabinete. Sí tener algún poder de veto.

Ella prefiere concentrarse en el Congreso. Garantizar, por ejemplo, que Agustín Rossi sea el jefe del bloque de Diputados. Y que Anabel Fernández Sagasti encabece el de senadores. Oscar Parrilli sería el presidente provisional del Senado, segundo en la línea sucesoria. El presidente electo resistiría esa decisión: prefiere al misionero Maurice Closs. En la fila de reemplazos sigue Massa. La confianza de Fernández en sí mismo es infinita.

En el plano económico, anoche la señora de Kirchner y Kicillof hicieron un gran aporte a la suerte del nuevo presidente. Caracterizaron la situación que va a recibir con un dramatismo dantesco. Por supuesto, no admitieron, ni por un instante, que parte de la complejidad de ese cuadro se deba al inventario de problemas que ellos mismos entregaron. Al mismo tiempo, también establecieron un límite para el próximo gobierno: la gestión económica de Macri, inspirada en la perversidad del neoliberalismo, debe ser condenada en términos absolutos.

El Presidente, anoche, se mostró cooperativo. Aclaró, en uno de los mejores discursos de su gestión, que no encarará la transición con espíritu faccioso. Sin embargo, es posible que el tono de la nueva vicepresidenta y de Kicillof aliente a Macri a compartir costos con su sucesor. Además, el resultado que obtuvo en las urnas es un capital a custodiar. Si bien Horacio Rodríguez Larreta obtuvo un triunfo contundente, el Presidente dio todas las señales de que aspira a ser el jefe de la futura oposición. Algo que Larreta acaso no esté dispuesto a discutir: por un tiempo, querrá refugiarse en su rol de «intendente». Y a mantener una relación amigable con Fernández, con quien tiene desde hace dos semanas diálogo directo. Son pormenores que obligan a dudar de que Macri quiera inmolarse por su sucesor.

Estas circunstancias son relevantes, porque entre hoy y el 10 de diciembre acaso haya que tomar decisiones traumáticas.

El nivel de reservas que reciba la nueva administración es estratégico. La escasez de dólares obligó anoche al Gobierno a, como recomendaban muchos expertos, ajustar el cepo a 200 dólares por mes. Habrá que ver si el mercado de cambios no termina en un desdoblamiento. También se espera que se encare cuanto antes el problema de la deuda, que amenaza con vencimientos más o menos inminentes.

¿Querrá despedirse Macri acompañando una reestructuración? ¿Qué drasticidad tendría esa medida? Antes de despejar esas incógnitas debe resolver el vínculo con el Fondo Monetario Internacional, organismo al que Fernández, en público y en privado, hace responsable de casi todas las calamidades. «Los funcionarios del Fondo no financiaron a la Argentina, financiaron a Macri a pesar de lo que sucediera en la Argentina», suele decir.

¿Esas palabras pueden ser la plataforma de una continuidad con el actual programa fiscal? ¿O Fernández exigirá otro? Estas preguntas llevan a la cuestión presupuestaria. ¿Habrá un pacto entre él y Macri capaz de que los bloques parlamentarios actúen de manera coordinada? Una pista para resolver estos enigmas tiene que ver con el campo minado de las tarifas energéticas, que es crucial para encarar el desequilibrio fiscal. ¿El Presidente se despedirá del poder con un aumento en el precio de los combustibles o un ajuste en el precio de la electricidad y el gas? Desagradables decisiones «neoliberales» ante las que tiene que pronunciarse Fernández.

La complejidad del frente externo obliga al nuevo presidente a emitir señales diplomáticas. Será importante saber a quién confiará la Cancillería. ¿Felipe Solá? ¿Jorge Argüello? La embajada en Brasil adquirió también una importancia superior a la habitual. Jair Bolsonaro y su canciller, Ernesto Araújo, amenazaron con romper el Mercosur. Es posible que el 5 de diciembre propongan una baja de aranceles que agudice esa pelea. Otro asunto que depende de un pacto de Macri con su reemplazante, quien debe también elegir con sutileza a su representante en Washington DC, la capital de Estados Unidos y la sede del Fondo. En la primera quincena de noviembre tal vez haya una respuesta. Después de visitar México, Fernández irá, de la mano de Guillermo Nielsen, a Estados Unidos. Entrará por Texas, en un viaje en cuya organización pidió la colaboración de Exxon. Hace poco más de un mes, en Madrid, había dicho que pretendía prescindir de las multinacionales petroleras. El cambio parece comenzar por este giro. Apenas un detalle.

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Argentina

Dolores de panza, dolores de grieta. Por el rabino Marcelo Polakoff

Agencia AJN.- Las generalizaciones suelen ser malas consejeras, y las responsabilidades penales son personales, y no se “contagian” por cercanía. Me parece que no hay nada para reprocharle al presidente electo en torno al caso Nisman, ya que no estaba en el gobierno, y menos aún en cuanto al pacto con Irán -al que criticó duramente- inclusive cuestionando severamente la actitud de la ex presidenta.

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Agencia AJN.- Casi todos me recomendaron que lo mejor sería el silencio. Pero lo políticamente correcto no es mi fuerte, y eso está muy claro. Por lo que voy a tratar de seguir basando mis conductas en mis principios que es lo que vengo intentando hacer desde que tengo uso de razón, así que relataré aquí, en primera persona, lo sucedido alrededor de esta foto tomada el último martes en Tucumán.

Como rabino del Centro Unión Israelita de Córdoba fui oficialmente invitado por el gobernador Manzur a la jura de su segundo mandato. Conozco a Juan desde hace años y hemos formado un vínculo personal cercano; admiro su capacidad de trabajo y su descomunal hospitalidad, una cualidad típica de las familias libanesas.

Después de unas largas horas de formalidades en un colmado Teatro Mercedes Sosa -adonde se había trasladado momentáneamente la sesión legislativa-, con lectura de artículos e incisos protocolares, izado de banderas, himno, discursos y juras, todos los invitados caminamos unos metros hasta la Casa de Gobierno donde desde su balcón el reciente presidente electo Alberto Fernández saludó a los tucumanos presentes en la plaza.

Cuando todos nos disponíamos a irnos hasta un hotel para el lunch de la asunción, una multitud de gente de todo tipo rodeaba al gobernador y al presidente electo. Periodistas, camarógrafos, gente de seguridad y de protocolo, funcionarios, y todo tipo de personas que pugnaban por un saludo o una selfie. Me puse contra la pared y «panza adentro» en el descanso de una escalera para no ser arrastrado por el tumulto, y el gobernador, en medio de ese caos, me tomó del brazo y me condujo hasta una camioneta. Me senté y a los segundos nomás ingresaron Verónica Magario (a quien le cedí mi lugar), Sergio Massa, Sergio Uñac, un par de personas más que no reconocí, y Alberto Fernández. Recuerdo que cuando se cerró la puerta y empezamos el corto periplo de unas 20 cuadras hasta el Sheraton lo miré a Juan con cara de “¿qué hago yo acá?”. De inmediato me presentó, y Alberto Fernández y Sergio Massa recordaron que me habían escuchado hacía poco más de un mes cuando me tocó cerrar la misa por el aniversario del fallecimiento de José Manuel de la Sota en la Catedral de Córdoba con unas palabras en su memoria.

La conversación, absolutamente informal y distendida, viró hacia el humor judío y Sergio Massa empezó a contar algunos chistes que le había escuchado a Roberto Moldavsky. Sacó su celular para filmar lo que seguiría (ahí yo también hice lo propio, obviamente de manera abierta) y la charla pasó hacia los billetes con la imagen de Dylan que le habían dado en “Polémica en el bar”.

En ese tono realmente simpático y amable llegamos a destino, y al bajar del micrito –luego de un exagerado “adelante usted, no, pasá vos, por favor, adelante”, etc- un fotógrafo capturó ese preciso y risueño momento en la puerta de la camioneta, y me envió la foto.

Más tarde le pasé la foto y el video a mi familia y a un par de amigos señalando que eran “para consumo interno”, pero involuntariamente no terminó siendo así. De allí en más, empecé a recibir un abanico completo de reacciones que iban desde los aplausos y las caritas de alegría, hasta todo tipo de maltrato y agravios que muestran una vez más -y a las claras- los peligros de tanta inocencia (o estupidez de mi parte) por la terrible grieta en la que seguimos desbarrancando, y el uso perverso que se puede hacer con todo audio, video e imagen sacado de contexto, del que vengo siendo objeto en estos días.

Gracias a Dios mis convicciones siguen siendo las mismas (como las de la mayoría de la gente, que suelen sostenerse en el tiempo), y no son modificadas por un evento irrelevante.

No me da dolor de panza sacarme una foto amistosa con Juan Manzur, porque me considero su amigo. Tampoco me da dolor de panza sacarme una foto amistosa con el presidente electo de todos los argentinos, con quien hablé por vez primera en ese mismo momento en la camioneta.

Sin embargo entiendo perfectamente que la imagen transmite la idea de que nos conocemos de la escuela o que estamos en la fiesta de un bar mitzvá, pero –tanto para la alegría de algunos como para el pesar de otros- eso no es cierto.

El audio del dolor de panza tenía que ver con muchas críticas (algunas realmente feroces) que me lanzaron preguntándome si no me sentía avergonzado de estar abrazado a quien tiene como vice a una persona acusada de encubrimiento del atentado a la AMIA por la firma del memorándum con Irán, y que también está involucrada judicialmente en el caso Nisman.

Las generalizaciones suelen ser malas consejeras, y las responsabilidades penales son personales, y no se “contagian” por cercanía. Me parece que no hay nada para reprocharle al presidente electo en torno al caso Nisman, ya que no estaba en el gobierno, y menos aún en cuanto al pacto con Irán -al que criticó duramente- inclusive cuestionando severamente la actitud de la ex presidenta.
Por mi parte, nada en esto ha cambiado ni cambiará. Escribí y hablé en contra de ese pacto lastimoso, y escribí y hablé en todo lo atinente al asesinato del fiscal Nisman. “Google” lo puede ratificar en segundos. Seguiré en lo que pueda reclamando por justicia, y seguiré en lo que pueda (aunque no sea mucho) acompañando a su familia, a quienes admiro y quiero. De hecho, obviamente me comuniqué en estos días y recibí una vez más sus muestras de cariño, que siempre agradezco. Tampoco olvidaré la amenaza que recibí en aquellos tristes días…

Otros me criticaron como si en ese abrazo hubiera algo despectivo hacia Córdoba, la provincia que abracé hace 17 años como mi hogar, y de la que soy un enamorado. No tengo idea cómo se puede arribar a esa extraña conclusión a partir de una foto, pero por si acaso no está de más recordar que el año pasado fui citado como testigo en el juicio por el levantamiento policial de diciembre de 2013, y que junto al obispo Pedro Torres, con quien ayudamos -no sin riesgos personales- en la mediación en nombre del COMIPAZ (Comité Interreligioso por la Paz) declaramos judicialmente que tuvimos la firme sensación de que el gobierno nacional de entonces no tenía problemas en que Córdoba se incendiara. Vale decir que el compromiso con la verdad (al menos la mía) y con mi provincia, siguen igual de vigentes. Y realmente es ridículo pensar que una imagen o un video cholulo pueden alterar eso.

Tengo la bendición de estar lejos de todo fanatismo, y no tengo problema en confesar que las sinuosas sendas de la política de nuestro país me han llevado a entender durante estos últimos 30 años que mis principios en determinado momento (y en los diversos órdenes de lo nacional, lo provincial y lo municipal) eran mejor interpretados por el radicalismo, en otras ocasiones por Néstor Kirchner, en otras por el peronismo federal y en otras por Mauricio Macri. Creo que no somos pocos los argentinos que hemos pasado por algo similar. Y en distintos momentos y en distintos órdenes también me he sentido desilusionado por todos ellos.

Respeto, más allá de mis posturas, a todas las fuerzas democráticas, y por supuesto brego por la eliminación de las grietas y por la construcción de puentes de entendimiento, algo que no me resulta difícil lograr en el campo del diálogo interreligioso, ya sea cantando con el obispo por Navidad y Janucá, o dando conferencias en países musulmanes.

Como cualquier rabino enseño, escribo, oficio ceremonias, acompaño los rituales del ciclo de la vida, celebro alegrías y trato de consolar en el dolor, impulso la realización de obras de bien y busco que quienes están distanciados de Dios y del prójimo se acerquen.

Una parte sumamente pequeña de mi rol tiene que ver con la escena pública y política (aunque a veces su repercusión la haga aparecer como enorme), y así y todo he recibido propuestas para integrar las listas electorales de varias de las fuerzas mencionadas. Nunca acepté hacerlo ni lo aceptaré porque amo lo que hago, y espero seguir sirviendo como rabino hasta mi último día. Es solamente desde esa calidad que participo en la vida pública de nuestro país.

Lamento con el alma tener que estar explicando tanto por una foto y un video. Es señal de que nos queda mucho trecho por recorrer. Pido perdón de corazón a quienes se sintieron ofendidos o lastimados por cualquiera de mis hechos, y acepto con estima todas las críticas constructivas.

Y ojalá que este tipo de dolores de panza sean en algún momento transformados en suaves y agradables cosquillas como consecuencia de haber aprendido a convivir en la diversidad.

Pertenezco a una tradición milenaria que siempre ha privilegiado la palabra por sobre la imagen, y no es un dato menor. Algunos dicen “ver para creer”. El pueblo judío afirma que para creer hay que escuchar. Sucede que la vista -la imagen- es inmediata. No se discute, decreta y sentencia. Por eso ni siquiera precisa de un otro. Y suele ser absolutamente superficial y efímera. Es como cuando decimos coloquialmente que uno «se hace una imagen de tal persona”. Los vínculos y las apreciaciones que están netamente basados en la imagen tienden a producir grietas. Más tarde o más temprano la ausencia de contacto real sumada a los prejuicios (y a la falta de un contexto) produce desencuentros.

Lo inverso ocurre con la escucha y la palabra. No es para nada inmediata. Tiene como requisito a un otro, y sin dudas demanda tiempo. Por eso cuando la palabra se sostiene en un diálogo abierto y honesto -aún con posturas completamente diferentes- lo que produce es encuentros.

La imagen agrieta, y la palabra vincula. La imagen divide y la palabra tiende puentes.

¿Es acaso casual que nuestro equilibrio dependa de nuestros oídos? Para nada. No escucharnos o no querer escuchar es garantía de desequilibrio. Es la profundización de la grieta.

Si este involuntario y pequeño episodio pudiera ayudar a dimensionarlo, bienvenido sea entonces, a pesar de los dolores causados y sufridos.
Podríamos entonces aplicarnos las palabras que el profeta Isaías pronunciaba hace más de 2500 años cuando decía: “Si dejan de maltratarse, si abandonan el dedo acusador y el insulto, si comparten su pan con el hambriento y ayudan a los que sufren, brillarán como luz en las tinieblas…y serán llamados reparadores de brechas, restauradores de caminos”.

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Israel

Opinión: ¿Los últimos días de Netanyahu? *Por Shlomo Ben-Ami

Agencia AJN.- Por fin, Israel dio un paso para alejarse del abismo nacionalista‑religioso al que lo estuvo conduciendo el primer ministro Binyamin Netanyahu. En la elección parlamentaria del 17 de septiembre (segunda que se celebra en el país en cinco meses), la “coalición natural” entre el partido Likud de Netanyahu, grupos judíos ortodoxos y facciones protofascistas no consiguió alcanzar el umbral de 61 escaños que hubiera permitido a Netanyahu formar otro gobierno.

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PRIME MINISTER BENJAMIN NETANYAHU

Agencia AJN.- Para Netanyahu, que pasó 13 años en el poder, esta elección sólo tuvo que ver en parte con su proyecto político nacionalista. Su principal objetivo era reproducir la única coalición que podría otorgarle inmunidad parlamentaria contra el juicio político que se cierne sobre él por acusaciones de fraude, soborno e incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Netanyahu, luchando literalmente por su libertad, ignoró las normas de conducta jurídicas y éticas para una campaña. En primer lugar, se comprometió imprudentemente a anexar el valle del Jordán (parte de Cisjordania) sin ninguna evaluación estratégica de las consecuencias. Además, propuso un proyecto de ley que hubiera permitido a activistas del Likud colocar cámaras en los centros de votación; fracasada la moción, el Likud aseguró que los partidos de oposición estaban tratando de robarse la elección. En tanto, la página del primer ministro en Facebook advertía a sus partidarios que los árabes israelíes “quieren aniquilarnos a todos”.

Además, Netanyahu llamó a la población a boicotear el canal de televisión más popular de Israel por producir una serie “antisemita” sobre el secuestro y asesinato de un adolescente palestino a manos de extremistas judíos en 2014. En realidad, su propósito era evitar que el canal emitiera filtraciones relacionadas con la investigación penal que se le lleva adelante.

En su desesperación por ser reelecto, Netanyahu también agitó irresponsablemente las tensiones regionales con el objetivo de reforzar su reputación de ser el “Sr. Seguridad”. Los ataques israelíes contra blancos iraníes en Siria e Irak aumentaron exponencialmente de un día para el otro con abundante cobertura mediática (contra el consejo de los militares, que siempre han recomendado mantener la opacidad en estos asuntos).

Para colmo de osadía, Netanyahu consideró posponer todo el proceso electoral iniciando una guerra total contra Hamas en Gaza, algo que siempre había sido renuente a hacer. Felizmente, el jefe del Estado Mayor Conjunto israelí, Aviv Kohavi, y el fiscal general Avichai Mandelblit bloquearon la iniciativa, ya que según sostuvieron, Netanyahu no puede iniciar hostilidades sin seguir el debido proceso legal. En tanto, Netanyahu habló con Trump sobre un tratado de defensa entre Estados Unidos e Israel, una idea absurda, a la que todo el aparato de seguridad siempre se opuso, porque limitaría la libertad de acción de Israel.

Lamentablemente la conflictiva escena política de Israel y su sistema electoral absurdamente proporcional casi nunca producen resultados decisivos, y una vez más el país enfrenta un período de parálisis política. La alianza Azul y Blanco de Benny Gantz (una amalgama reciente de partidos de centroderecha liderada por tres ex jefes del Estado Mayor Conjunto) obtuvo una cantidad similar de escaños en el Likud. Pero no podrá formar una coalición alternativa viable con la disminuida izquierda del Partido Laborista y de la Unión Democrática (que incluye el nuevo partido del ex primer ministro Ehud Barak) y la Lista Unida Árabe.

Incluso si estos partidos fueran mayoría, se necesitaría un acto dramático de coraje político para que tres exgenerales armen gobierno con un partido árabe formado por grupos antisionistas e islamistas. Pero excluir a la Lista Unida del proceso de formación de coalición sería un error imperdonable. Estas facciones parlamentarias árabes representan un deseo genuino dentro de la minoría árabe israelí (que comprende el 20% de la población y en la actualidad pasa por un importante proceso de “israelización”) de formar parte de un proyecto político plenamente israelí basado en la gobernanza democrática y en poner fin a la política de la xenofobia y la incitación.

La cuestión se complica todavía más porque la salida del atasco postelectoral pasa por el partido Yisrael Beitenu de Avigdor Lieberman. Lieberman, un cínico de la política famoso por sus estallidos contra los árabes y por su fervor anexionista (él mismo vive en un asentamiento en Cisjordania), logró casi duplicar la cantidad de escaños obtenidos por su partido. Para ello, prometió que sólo aceptará formar parte de un gran gobierno de unidad nacional con el Likud y Azul y Blanco, pero sin los partidos ortodoxos y la ultraderecha mesiánica. Azul y Blanco terminó secundando la propuesta de Lieberman, pero con una condición crucial: no compartirá el poder con un Netanyahu procesado.

De modo que la batalla política ahora se centrará en la pregunta clave de esta elección: ¿Netanyahu, sí o no? ¿Cumplirá Azul y Blanco su promesa? ¿Hallarán los miembros del Likud el coraje para desbancar a su líder (algo que debería ser más fácil ahora que su hechizo está claramente roto)?

Nunca hay que subestimar el ingenio de los políticos israelíes para eludir los principios que profesan. Una salida del atasco podría ser la gran coalición de Lieberman, pero con rotación del cargo de primer ministro entre Gantz y Netanyahu, por la que el primero encabece el nuevo gobierno durante los primeros dos años del mandato mientras Netanyahu se ocupa de sus problemas con la ley. Pero esta es sólo una de muchas opciones creativas que pueden aparecer en los próximos días.

Es evidente que esta elección no ha sido una victoria para el campo israelí de la paz, ni tampoco para la centroizquierda. Cualquiera sea el gobierno que surja, no resucitará la solución de dos estados, hoy prácticamente muerta, y lo más probable es que lance una campaña militar a gran escala contra Hamas en Gaza (algo en lo que coinciden los dos partidos principales). También es probable que apoye el “acuerdo del siglo” del presidente estadounidense Donald Trump, un plan para fortalecer la economía palestina al que previsiblemente los palestinos no se sumarán.

Sin embargo, el resultado de la elección es un alivio, y está bien sentirlo como un soplo de aire fresco. Los votantes israelíes frenaron el descenso del país hacia una teocracia xenófoba (ojalá no sea sólo en forma temporal). Además, no es logro menor haberle puesto un alto a Netanyahu, con sus modos imperiales y su política divisiva de odio e incitación.

Quizá el poeta nacional israelí Nathan Alterman hubiera descrito el resultado como una “alegría de pobres”, título del que tal vez sea su libro más famoso. Pero en un país otra vez absorto en la negociación política, en medio de un aumento de tensiones regionales, hay que ver cuánto durará la euforia, y si Netanyahu verdaderamente abandonó la escena política.

Por: Sholomo Ben-Ami
Fuente: Project Syndicate
Traducción: Esteban Flamini

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